miércoles, 9 de abril de 2014

Cozumel hecha canción


Dentro de las discografías que forman parte de mi colección personal, por el momento sólo encuentro una canción inspirada en una isla mexicana: Cozumel. 

La creación proviene de Santiago Auserón, conocido por su voz y estilo latino dentro del rock hispano tanto en su etapa con el grupo Radio Futura como en su etapa solista bajo el seudónimo de Juan Perro. Esta canción se encuentra en su primer disco solista: Raíces al viento del año 1995.





Juan Perro canta y describe ese ambiente marítimo y poético al mismo tiempo que bordea a la isla con versos bien logrados, aludiendo a su atmósfera, al ambiente de quienes la viven o la visitan, incluso a las aves que le dieron nombre (en maya es la "isla de las golondrinas").

Comparto aquí la letra y video de esta canción compuesta e interpretada por el alter ego de Santiago Auserón, Juan Perro:



COZUMEL


Se va erizando la piel 
Azulada del Caribe 
Y en el cielo se percibe 
Un resplandor de amenaza 

Aunque no soy de tu raza 
Islita de Cozumel 
Dale cobijo a mi piel 
Que está siendo perseguida

Y una vasija caída 
Allá en lo alto del cielo 
Lloraba su desconsuelo 
Con lágrimas de aguamiel 

Cozumel, Cozumel 
Dale cobijo a mi piel

Risita de cascabel 
Me despertó una mañana 
Y una culebra la indiana 
En su regazo tenía

Quitarme quiero, decía 
Mi hábito de golondrina 
Y en gaviota blanquecina 
Mudarme para volar

Mas nadie puede escapar 
Cuando la suerte está echada 
Como amarra en la ensenada 
Este maltrecho bajel

Cozumel, Cozumel
Dale cobijo a mi piel

Mi corazón siempre fiel 
Tomó por un rumbo malo 
Tengo colgadas de una palo 
Las fauces del tiburón

Y oculto en esta prisión 
De color azul mi duelo 
Que está lleno de agua el cielo 
Y llena de agua la mar

Si llega a tí mi cantar 
Mira que estamos mojados 
Los santos y los malvados 
Dentro de un mismo tonel

Cozumel, Cozumel 
Dale cobijo a mi piel.



jueves, 27 de febrero de 2014

Poesía insular II

El poeta cubano David Lago González publicaba en Union Square (Nueva York) en abril de 2004 una reflexión sintética sobre la paradójica realidad isleña:


Una ínsula tiene orillas, y todas sus fronteras dan a un vasto y abrumador continente que traga vorazmente su propia libertad como el más obcecado de los honorables totalitarios. Una ínsula es un guijarro en el ojo del gigante. Pero todos queremos, tal vez con cierta obsesión, que nuestra casa, aunque pobre, sea "decente"; nuestro vino, amargo, pero al cabo "nuestro"; y nuestro abismo, el más cómodo de todos los infiernos. "Ningún hombre es una isla en sí mismo". Pero ¿cuántas almas necesita una ínsula para ser un hombre? ¿Cuántos muertos? ¿Cuántos vivos? ¿Cuántos medio vivos o medio muertos? ¿Cuánta sombra? ¿Cuánta risa o zozobra? (...) Nadie está a salvo, pero, porque precisamente he regresado a la pubertad del pez virgen en el estuario, me pregunto cuántas islas deben caber en un hombre para llegar a ser una ínsula.

  La Gomera, Islas Canarias


Las islas como imágenes delimitadas de la realidad geográfica se encuentran lejos de “tierra firme”, rodeadas de agua pero siempre cerca de la poesía, sin duda por la carga metafórica que contienen. Son un tema de sumo interés para quienes las habitan, muestran empatía con ellas o incluso “se sienten el anhelo de una”, como menciona la escritora cordobesa Sofía Clevit.



Hay una diversidad de islas más allá de las que se han apoderado del imaginario. Además de las tropicales y los atolones de ensueño en peligro de extinción, las hay desérticas (ecológicamente hablando, no en sentido robinsoniano), glaciares o urbanizadas con explosión demográfica que superan con creces la ficción de las islas imaginarias.

ISLA


Sólo tengo la calle.
El asfalto. Los escaparates.
Espero en las esquinas
a nadie.

Sólo tengo los árboles.
Las nubes. Los estanques.
Paseo en los jardines
con nadie.

Sólo me queda el aire.
Los mapas. Las ciudades.
Escribo. Escribo cartas
a nadie.


El poema anterior, del economista y literato español José Luis Sampedro, demuestra que la isla como tema tiene innumerables lecturas y reflejos, aun hallándose en algún escrito primigenio, casi inédito, de alguno de los grandes intelectuales de nuestro tiempo, pero también titulando alguno de sus poemarios más populares, caso del mexicano José Emilio Pacheco, como el transcrito a continuación, perteneciente a la antología Islas a la deriva:


LA ISLA


Llegamos a la isla.
El otoño
se abría paso en el aire,
y en el lago
las hojas encarnadas y amarillas flotaban
como los peces muertos.

Sólo me acompañó a la playa el crepúsculo.
Agua color de mar,
piedras como olas.
Por todas partes
las infinitas hojas caídas.

La isla y yo éramos
hojas también y nunca lo supimos.


Como colofón, añado un escrito propio, presentado en The Clipperton Project, con el fin de compartir una expedición personal, en mi caso de corte introspectivo, a ese tema fascinante e infinito:

Islas personales
Un nesófilo es un apasionado por las islas, por esa imagen geográfica que en sí misma incluye tantas características, como infinitos universos hay. Las características más comunes en la analogía de las islas son la soledad, el placer, la nostalgia… No sólo lo he leído, también creo que las personas somos islas, pequeños mundos que con otros afines, a modo de archipiélagos, alcanzamos la conjunción. Últimamente me he dado cuenta que siempre hay nuevos nesófilos por llegar a la vida personal y también isleños de raíz por conocer, que nos guiarán para reorientar nuestros pasos, nuestras palabras. Las islas unen.
Otro nesófilo como yo, el biólogo Pedro Garcillán, escribió sobre las posibilidades que las islas nos brindan para impulsarnos a caminar siempre un poco más allá. A esa idea, yo añadiría que las islas, como universos personales también nos motivan a ir mar adentro, en las propias venas, a trazar esa cartografía sentimental interior que a veces nos negamos a delinear. Cuando nos atrevamos a asumir ese boceto en una obra más plena, encontraremos otros corazones insulares, que en alguna parte del mundo exterior, confluirán en la misma expedición, la que nuestros pasos alcanzarán en alguna coordenada.


La Graciosa, Islas Canarias

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La insularidad: nexo entre poblaciones isleñas...



La insularidad: nexo entre poblaciones isleñas.
Visión comparada entre islas de México y Canarias.

Conferencia impartida el viernes 8 de noviembre de 2013 a las 20 h (hora local) por Israel Baxin Martínez, geógrafo mexicano, licenciado por la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México.

Semana de la ciencia
Museo Élder de la ciencia y la tecnología
Parque de Santa Catalina s/n, 35007, Las Palmas de Gran Canaria, España


En colaboración con The Clipperton Project



Transmisión en vivo por internet:
12h Baja California
13h Baja California Sur - Sonora
14h resto de México
21h Península Ibérica



Resumen 

Las islas han sido en la historia de la humanidad, territorios que han inquietado a los seres humanos de diversas formas. Han brindado a los científicos, como laboratorios naturales, material para explicar teorías pero también han inspirado a poetas y literatos, ya que tienen a modo de litoral una delgada línea entre realidad e imaginación. En las culturas marítimas previas y en las actuales, siguen encerrando misticismo, mitología y leyendas debido a su diversidad natural y cultural.
A nivel humano, una verdadera isla lo es cuando se encuentra habitada y en ella el espacio adquiere características particulares de la sociedad que la ocupa.
La insularidad es una condición intrínseca a las islas habitadas, en función de factores como su pequeña extensión, lejanía, fragilidad ambiental, dependencia económica y escaso poder político. Pero la insularidad también es una situación que merece abordarse desde un interés social: hay singularidad cultural en cada poblamiento isleño, donde el mar que rodea, une.
Un análisis de la insularidad aplicado al territorio isleño habitado en el Pacífico mexicano requiere una revisión ya que se trata de porciones poco integradas al territorio nacional, como lo demuestra el hecho de que la población insular se encuentre fuera del imaginario colectivo del mexicano promedio, de tradición continental, una situación distinta de las islas Canarias, donde la insularidad se asume y se vive de manera diferente, al menos dentro del archipiélago y sus habitantes.
Esta conferencia propone una visión comparada entre las poblaciones isleñas de México y Canarias, haciendo analogías y subrayando sus singularidades como espacios humanizados.

Se hará partícipe al público asistente mediante la recuperación de ideas sobre atributos de las islas, que provengan de la experiencia propia o de la imaginación, y con la información recuperada y obtenida el trazo literal de una isla concreta; se pretende que el conocimiento singular enriquezca a la colectividad para volverlo significativo. Se formará así un archipiélago de información ejemplificado en los casos de estudio del conferencista, pero también de otras islas que se les asemejen y sean contribución propia de los espectadores.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

¿Islas imaginarias? (parte II)

Era el año 1542, tiempo de los viajes de exploración del denominado “Nuevo mundo”. En las inmediaciones de la isla Clarión, la más alejada de las actuales Revillagigedo, el navegante Ruy López de Villalobos registró la existencia de “un grupo de islas” que llamó de Coral. De acuerdo con los análisis geográficos y documentales e incluso considerando un margen de imprecisión en la información registrada en distancias y rumbos, en esa zona, la única isla que se encuentra en la actualidad es Clarión.
En ese viaje de López de Villalobos que continuó a inicios de 1543 con rumbo al poniente, el explorador declaró el hallazgo de diez islas a las que denominó “De los Jardines”, de las cuales no hay siquiera rastros en los mapas contemporáneos.




La información anterior proviene de un capítulo de libro escrito por Miguel González Avelar (en Cartografía histórica de las islas mexicanas, coordinado por Martín Reyes), reconocido investigador del derecho y la historia de algunas islas mexicanas o que le fueron arrebatadas a nuestro país, como el atolón Clipperton.

Otros estudios históricos que refieren a las navegaciones de López de Villalobos sitúan a los archipiélagos antecitados en pleno rosario de las islas de Oceanía, específicamente en las actuales islas Marshall, debido a la coincidencia de latitud, no así de longitud, en teoría más próximas a la costa de México que a la de Asia. La propia Wikipedia sitúa las islas de los Corales en las actuales Enewetak y Ulithi (Oceanía), la primera de éstas fue escenario de pruebas nucleares norteamericanas a mediados del siglo XX con la consiguiente devastación de su naturaleza original.
Volviendo a la incógnita de que esas islas no coincidieran con algunas de las islas Marshall, que alejadas en tiempo y espacio de las mexicanas Revillagigedo, difícilmente habrían sido alcanzables en pocos días de navegación con la tecnología de aquel momento, cabe destacar que, de entre las hipótesis planteadas por González Avelar es muy probable la desaparición de estas islas en una zona de amplia actividad geofísica, cerca de la “fractura de Clarión”.
Para investigar la posible verificación de islas coralinas o rocosas que se hayan desplomado en la soledad del Pacífico central, entre las Revillagigedo y Hawai se requerirían estudios geológicos, geofísicos u oceanográficos muy específicos. Un planteamiento es que cabe la posibilidad de generación o destrucción de islas en zonas desoladas del océano, y esa vinculación principalmente se debería a la actividad interna del planeta, meramente geológica.
Desprendido de lo anterior, cabe destacar que además del registro histórico, es deseable enfatizar, no la recuperación de lo perdido, sino la valoración de lo propio.
Me viene a la cabeza el caso de la isla Bermeja, en el otro litoral de nuestro país: en el Golfo de México. Se habló en octubre de 2008 de un caso del posible colapso de esta isla por parte del gobierno estadunidense con motivo de la ambición por el petróleo de los llamados “hoyos de dona” en la zona de mayor productividad y explotación de hidrocarburos en la frontera oceánica entre México y el vecino del norte. El senado mexicano prestó importancia a esa isla con motivos de un posible desplazamiento de la línea de soberanía mexicana en caso de que se comprobara su localización próxima a la península de Yucatán, como indicaban algunos mapas antiguos del siglo XVI y catálogos de islas del siglo XIX. Paradójicamente fue hasta 1997 cuando el gobierno mexicano se dio cuenta de que la isla “ya no se encontraba” físicamente, pero hasta once años después salió a colación, si bien en 1946 un compendio geográfico de islas de Manuel Muñoz Lumbier señalaba lo siguiente:
 
"BERMEJA. Esta isla se encuentra marcada en las cartas antiguas y todavía se le asigna la posición en lat. 22º33' N. y 91ª22' W. de Greenwich, 27 millas al N. un cuarto W. de Cayo Arenas, pero a pesar de ello su existencia es dudosa."



Pasaron 467 años desde el registro legendario de Ruy López de Villalobos en el Pacífico y 63 años desde que Muñoz Lumbier había puesto en tela de duda la existencia de otra isla en el Golfo de México… En 2009 se pusieron “manos a la obra”, en la búsqueda de la citada isla Bermeja, por una comisión científica multidisciplinaria que presidió la UNAM mediante siete de sus entidades, entre ellas los institutos de Geografía y de Ciencias del Mar y Limnología. Tras un análisis histórico y cartográfico, en marzo de ese año, se realizó un crucero en el buque “Justo Sierra” que, reforzado con estudios de la batimetría mediante ultrasonido y el complemento de un levantamiento aéreo, concluiría la inexistencia de la isla y de cualquier rastro bajo la columna de agua, en la zona circundante a las coordenadas antecitadas.
Con la información anterior se confirma que hay espacios que aun siendo registrados por el hombre sea por imaginación, percepción engañosa o verdad temporal, pueden convertirse al paso del tiempo en incógnitas, pero en el caso de México, se ha debido sobre todo al olvido y la falta de interés en confirmar y defender lo propio, al menos en cuanto a territorio insular se refiere. Con esta compilación de datos, no se trata de engrandecer la ficción, sino subrayar que más allá de buscar incansablemente lo que se supone perdido, es deber de un país valorar lo que tiene, un buen comienzo es difundir esa riqueza geográfica, histórica y humana, si cabe.
En materia de islas, se perdieron como parte del territorio nacional el archipiélago del Norte, frente a California en favor de Estados Unidos en el siglo XIX y la isla Clipperton en favor de Francia en el siglo XX, además se presume la posible desaparición de las islas del Coral y los Jardines en el Pacífico así como la isla Bermeja en el Golfo de México.
Respecto a lo anterior, serían pertinentes algunos cuestionamientos ¿Qué pasa con nuestras decenas de islas tangibles? ¿Basta la política conservacionista para creer que se les ha dado la importancia merecida? ¿Es necesario que nuestras islas se conviertan en penales o en centros turísticos para prestarles atención? ¿Cuántos mexicanos que viven en la zona continental de México conocen la existencia y realidad de los isleños del país?




FUENTES
* González Avelar, Miguel (1992) “Islas de Coral y los Jardines”, en: Reyes, Martín [coordinador]. Cartografía histórica de las islas mexicanas. México: SEGOB.
* Muñoz Lumbier, Manuel (1946). Las islas mexicanas. México: Secretaría de Educación Pública  (Biblioteca Escuela Popular, 117), p.110.
* Ortuño, José María (2005). “La expedición de Ruy López de Villalobos a las islas del Mar del Sur y de poniente. Estudio histórico-Jurídico”. Anales de Derecho. España: Universidad de Murcia. pp. 249-292.
* Méndez, Enrique y Roberto Garduño (2009). “No encuentran la isla Bermeja”. La Jornada. Sección: Política. 24 de junio de 2009, p.16. Consultado en línea: 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Islas, silentes centinelas de los mares mexicanos

Y así…
En el horizonte mismo de nuestra imaginación, se encuentra el otro México. El que no conocemos porque –alejado-, está formado por pequeños territorios que nacieron de la entraña sumergida de la Patria y por lo tanto, a ella pertenecen. El México insular que está bañado por las aguas de todos los mares que hallan en sus orillas un momento de reposo antes de continuar en el largo itinerario que les marcan las corrientes y los vientos.
Al pasar sobre el Caribe, el sol tropieza con la sonrisa de las islas afortunadas antes de entrar en nuestro territorio. Y cuando se aleja, para perderse en el océano, otras islas de vastos archipiélagos, le dirán adiós. Ellas representan con sus nombres sonoros –Socorro, Clarión, Roca Partida- la avanzada lejana y vigorosa de México para afirmar su vecindad con la otra orilla de la Cuenca del Pacífico.


Esas islas que se cuentan por centenas y en su mayoría conservan su hálito atrayente del misterio, constituyen tal vez la última frontera que habremos de conquistar. Ya no en el combate heroico de los tiempos pasados por edificar una nación y defender una causa y una idea. Se trata ahora de una acción más difícil, pero igualmente trascendente y perdurable. Al cabo de largas luchas por afirmar la soberanía del país sobre los territorios emergidos que rodean al macizo continental de México, y reconocida ésta plenamente en un mundo con contornos definidos, debemos incorporar al patrimonio insular en nuestros planes globales de desarrollo. Tal es a un tiempo, la meta y el desafío.
Cada isla tiene su vocación y su destino. Múltiples y diversas, las islas de México no son un todo genérico que pueda recubrir un espacio geográfico homogéneo. Por su historia, su entorno físico, su clima y su biodiversidad, cada una es individual y diferente, aunque todas tengan ese fulgor colectivo de encanto irreal y remoto, cercano únicamente a nuestra propia fantasía.
Las hay de origen volcánico, con relieve atormentado por las convulsiones telúricas que les dieron origen. Pocas conservan actividad; si acaso allá en las Revillagigedo, el aliento azufroso que desde muy lejos se percibe, denuncian la existencia de cráteres convulsionados por materias ígneas. Son la excepción. En la mayoría, los viejos boquerones son ahora albergos para que las aves marinas cumplan con los ritos ancestrales que les impuso la naturaleza. Otras, en el Caribe, coronadas a veces con palmeras para sombrear las playas deliciosas, son producto de la acumulación de corales que con cierta timidez, emergieron de las aguas y a veces, cuando la mar se enoja, vuelven a ser recubiertas hasta que se calman los malos humores. Y están también los cayos, las rocas emergidas, los bajos y médanos que atraen únicamente al marino que conoce las aguas y sabe cómo conducir su embarcación con serenidad y timón firme.
Todas ellas esperan la mano del hombre para poderse transformar e incorporarse así al progreso de México. Algunas se volverán sitios exclusivos para quienes aspiren a un rato placentero de evasión y descanso. Otras, simplemente seguirán cumpliendo su misión de guías para la navegación o refugios privilegiados que aseguren la continuidad de las especies en paraísos naturales intocados. Pero allá donde parece que se acaba el continente, cuando ya no hay nada sino el mar, aparecen de pronto en el horizonte, en el sitio eterno de destino que el dedo de Dios escribió, esas islas, silentes centinelas de los mares mexicanos.


Fuente:
Maldonado, Víctor y Enrique Franco (1993). Islas, silentes centinelas de los mares mexicanos. México: Secretaría de Gobernación. pp. 231-233.


martes, 22 de enero de 2013

¿Islas imaginarias? (parte I)

Si bien este blog ha surgido con la inquietud de dar a conocer información sobre algunas de las islas habitadas de México, desde el post anterior ha habido un impasse respecto a esa categorización, sin alejarme de la labor de registro y difusión de las islas mexicanas y mucho menos del título del propio blog y la fascinación innegable que encierran, sean visibles o enigmáticas. En el post anterior escribí sin exhaustividad sobre las islas como espacios de la poesía y hoy, sobre la fascinación de aquellas otras, también imaginarias, que desaparecidas o no, merecen una mención para confirmar su naturaleza incógnita.
Hace unas horas volví a ver la película “Una aventura extraordinaria” (Life of Pi, basada en la novela homónima, de Yann Martel, dirigida por Ang Lee y protagonizada por Suraj Sharma y Shravanthi Sainath) la cual me ha generado una serie de reflexiones sobre la delgada línea entre fantasía y realidad, la pequeñez del ser humano ante la majestuosidad e imponencia del mar, nuestra relación con otros seres vivos y el planteamiento y necesidad de la fe en la vida de los humanos.
De entre este cúmulo de información y dentro de ese magnífico guión, hay una escena que me hizo reflexionar sobre las geografías ficticias que caben en la realidad como leyendas. Me refiero a una isla que sirvió de remanso a los protagonistas: Pi, el joven hindú y Richard Parker, su compañero involuntario de navegación en medio del océano Pacífico: un tigre de bengala.


Se trata de una isla ficticia, irreal tanto en los mapas y por los paisajes encontrados ahí. Sin embargo, a pesar de la ficción que pueda encerrar un guión cinematográfico, no sería la primera vez que una historia de esa naturaleza aparece en la imaginación de algún creador.
Efectivamente, como sucede en la novela-película, las corrientes marinas provenientes del sureste de Asia con rumbo al norte, arrastran a las embarcaciones pequeñas hacia el Pacífico tropical, con rumbo a la costa mexicana, de igual manera como ocurría en las embarcaciones de la Nao de China, con escala en Filipinas y luego en Acapulco, durante la etapa virreinal de la Nueva España.
Fue precisamente en ese tiempo de navegantes y descubridores, cuando se registraron en el Océano Pacífico los nombres y ubicaciones de ciertas islas que hoy día no se localizan en donde se supone, deberían encontrarse. Destacan dos archipiélagos: las islas del Coral y las de los Jardines, presumiblemente próximas a las actuales Revillagigedo. ¿Dónde se encuentran ahora? ¿Existirían para desaparecer después bajo el océano? ¿Fueron visibles sólo en la mente e imaginación de algunos descubridores? ¿Alguien ha escuchado algo similar sobre otra supuesta isla denominada “Bermeja” en el Golfo de México?
Lanzo esas preguntas al aire (y al “ciberespacio”) para neófitos, nesófilos y humanistas fantasiosos…




jueves, 30 de agosto de 2012

Poesía insular

Las islas como símbolo geográfico han influenciado a todas las manifestaciones artísticas. Hay islas reales en la literatura y la poesía, muchas más que se han creado y han trascendido la imaginación humana.
Rachel Carson dice que las islas siempre han fascinado al espíritu humano, acaso por la reacción instintiva del hombre, ser terrestre al fin y al cabo, que siempre da la mejor acogida a estas intrusiones de las tierras en la extensión inacabable del mar.
Este blog fue pensado en principio para difundir información sobre las islas mexicanas, para generar alguna conciencia sobre su existencia, confirmar su realidad y su constante actualidad, a pesar de que sean un tema marginal en la producción científica y social en lengua española.


En esta ocasión abro un espacio para hablar de otras islas, aquellas que han sido creadas en la mente de poetas mexicanos, que emergieron mediante palabras y que son reales gracias al lenguaje.
José Emilio Pacheco, a pesar de nacer y desarrollarse en la ciudad de México, pleno bastión de un país centralista (“el ombligo del mundo” de los mexicas), cada vez más urbano, poco litoral, demasiado continental, escribe un poema insular, “Costas que no son mías”.

De la isla conozco el olor, la forma
y la textura de la arena.
Sé que no pertenezco a ella
pero la siento mía por derecho de amor.
La isla es del mar.
No voy a disputarla.
Simplemente
le dejo aquí el más humilde homenaje.



Las palabras de Pacheco parecen inspiradas en una tierra real pero sin nacionalidad, mientras que los renglones que escribe Francisco Hernández (oriundo de San Andrés Tuxtla, Veracruz), son para una “Isla de las breves ausencias”, más metafórica.

El mapa de la Isla abre los ojos,
se desenvuelve con calma por la casa
y ante la imposibilidad de perderse, inicia
su trayectoria por el mundo real.
Tropieza y muestra sus desiertos,
su brújula disminuida
por los vientos, su cetáceo azul descrito
por bucaneros, más tarde puesto a secar
entre dragones ideados
para guardar leyendas.
El mapa. Ser que se delinea contra las paredes
y sobre el paladar de quien no ha llorado nunca,
ni ante la vida ni ante la muerte.
El mapa de Dios y dentro de él,
el mapa de la plenitud
y el mapa del vacío.
El mapa ahogado dentro del niño ahogado
y el mapa que traza callejones
en los hospitales
El mapa de seis cabezas, dos colas
y cinco continentes
El de papel secante caído del cielo
y el de seda, bordado con chaquiras.
El mapa cuya misión es impregnarse de ecuadores
y el que se vuelve antártico tras el derrumbe
de una montaña de ladrillos.
El mapa de los asesinos despreciables
y el de los envidiables enamorados. O a la inversa.
El mapa con ríos de sílabas
y el que nació con un número ilimitado de mojoneras.
O a la inversa
El mapa de la imantación más poderosa
y el que a diario debo rescatar
de los monos que pretenden robárselo.



Me parece curioso haber encontrado en un hombre de la región de los Tuxtlas (donde curiosamente están mis raíces paternas) una analogía hacia dos temas que me fascinan particularmente: la insularidad y la cartografía, esa expresión artística y científica que ha tratado de asir al papel la territorialidad humana, desde la fantasía que generaba la incógnita en un mundo incompleto, hasta la representación y búsqueda de la precisión. Quizá esa herencia la compartamos varias personas no por genética, sino por sensibilidad e inquietud hacia el mundo.

Quiero terminar con las palabras del biólogo Pedro P. Garcillán, quien ha expresado que las islas, a pesar de su separación física, de su aparente desprendimiento, han cumplido una función en la mente de quienes nos hemos sensibilizado por ellas.

El hombre siempre ha sentido fascinación por las islas, y con frecuencia, las islas, como los deseos, nos han habitado antes de alcanzarlas. Nuestra imaginación llega a la orilla antes que nuestros pies, y cuando al fin tocamos tierra, lo hacemos ya habitados por la isla.
Su carácter de espacio más allá, de otredad, de incógnita, nos ha imantado poderosamente. En islas imaginarias hemos construido geografías externas, viajes interiores, sueños, un archipiélago inacabado de búsquedas.
Las islas, esas utopías que habitan dentro y fuera de nosotros desde largo tiempo, nos han estimulado a caminar, siempre un poco más allá.


sábado, 25 de agosto de 2012

Isla María Madre: de Colonia Penal a Complejo Penitenciario.



En México, escuchar o hablar sobre las islas Marías remite innegablemente a su estatus de colonia penal, o como se le ha denominado “cárcel con muros de agua”, condición establecida desde 1905.
Es importante destacar que las islas Marías son cuatro: María Madre, María Magdalena, María Cleofas y San Juanico, situadas a unos 100 kilómetros de la costa de Nayarit. De estas islas, la más extensa y la única con condiciones geográficas mínimas indispensables para sostener vida humana es María Madre. En algún tiempo se hizo también la propuesta para convertir a María Magdalena en penal de alta seguridad aunque no se ha vuelto a hablar públicamente de este proyecto.


En la isla María Madre se registraron ocho localidades según el Censo de Población y vivienda de INEGI, 2010, denominadas campamentos, éstos son: Laguna del Toro (Emiliano Zapata), Hospital (Veinte de Noviembre), Morelos (Salinas), Nayarit, Puerto Balleto (el más numeroso), Rehilete, Aserradero (Venustiano Carranza), Cica (Bugambilias), y San Juan Papelillo.
El uso de nuestras islas como penales, poco ayuda a la curiosidad y conciencia de la población, como menciona González Avelar (1997: 165) el hecho de que en la isla María Madre exista una importante colonia penitenciaria, ha influido también de manera significativa, al menos en forma psicológica, para seguir considerando a las islas como lugares remotos y nefastos, propios solamente para el castigo de delincuentes.
Debido a “la ventaja” del aislamiento intrínseco de los espacios insulares, en muchos casos (como la isla del Diablo en la Guayana Francesa o la isla Santa Margarita en Venezuela) se ha impulsado su uso como prisiones por la barrera de agua y sus peligros, que dificultan el escape (Royle, 2001: 50).
Entre 1905 y 1939 el penal de islas Marías fue vinculado con represión y trabajos forzados, como fue reflejado y denunciado incluso en la literatura y el cine, sin embargo, posteriormente (entre 1940 y 2010) se consideró un reclusorio excepcional, por ser una prisión sin hacinamiento, agradable por los rasgos de su espacio natural y con oportunidades de labor, aprendizaje y recreación.
Hasta años recientes las condiciones particulares para aceptar el ingreso de reclusos a María Madre eran: ser reo de baja peligrosidad, no pertenecer a grupos delictivos organizados, tener entre 20 y 50 años, estar sanos física y mentalmente y ser personas de bajos recursos, además de poder cumplir al menos dos años de rehabilitación en la colonia penal federal. Las esposas de los reos podían ir a vivir a la isla, así como sus hijos pequeños, aunque éstos no podían permanecer ahí después de cumplir los 11 años.
Diversas actividades eran realizadas por los presos, a quienes se denominaba “colonos”, como la explotación forestal, la agricultura y ganadería para la subsistencia común destacando la siembra de hortalizas, la cría de ganado bovino y ovino así como las granjas avícola y apícola. En la isla existió una salina, recientemente utilizada sólo para el cultivo de camarón, pues el mineral ya no es tan abundante y explotable como ocurría décadas atrás (Mendizábal, 1995).
En María Madre hubo un campo para aserradero y se fomentó sobre todo la actividad artesanal y de carpintería. La isla contaba con viviendas colectivas (“barracas”), un hospital, comedores públicos, talleres, escuelas, casa de gobierno, campos de juego, teatro, biblioteca, oficina de correos, gasolinería, pozos, red eléctrica, muelle y aeropista (Madrid, 2002: 26).
En Isla María Madre la rehabilitación se basó en el trabajo y la autosuficiencia del penal (excepto por los combustibles), que se convirtió en un modelo de readaptación social de los presos en un país donde la situación penitenciaria es crítica no sólo por el sistema en sí sino por la falta de concordancia entre la capacidad de las instalaciones y la población que las ocupa (220 mil reos para 170 mil lugares “óptimos” según la agencia Notimex, datos de marzo de 2009).
Paradójicamente, a pesar de su condición como penal, las cuatro islas fueron decretadas como Reserva de la Biosfera en el año 2000 por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), debido a sus características biológicas, entre las que destacan ecosistemas como selva baja, matorral xerófilo, vegetación de dunas, manglares, arrecife coralino, algas y pastos marinos (Melo, 2007).


A pesar de lo anterior, en 2005, a 100 años de la creación del penal, se propuso un proyecto de repoblación con reos provenientes de diversos penales, debido al sobrecupo de las cárceles en la zona continental de México. El gobierno federal justificó como estrategia en materia de seguridad pública el proyecto de repoblación de “las islas” que consideraba en principio la protección ecológica y conservación del ambiente insular por encima de los intereses jurídicos y penitenciarios nacionales, cuyo objetivo era convertirlo en “un penal ecológico”.
En principio se tenía el propósito de que la isla María Madre albergara a una población de hasta 3,000 habitantes como tope, pues para ese año los reos isleños se calculaban en 610 y 244 familiares (Medellín, 2005). Este propósito se reafirmó en el año 2009 cuando el gobierno federal anunció un aumento en la población de hasta 10,000 personas entre presos, sus familias y los trabajadores, proyectado para el fin del sexenio en turno. El gobierno federal declaró que aquellos que quisieran cumplir su condena en ese penal, lo harían de forma voluntaria, sin embargo en diciembre de 2009, se trasladaron en un operativo especial, 1,200 reos provenientes de 16 entidades mexicanas (Méndez, 2009:13) y en agosto de 2010 se trasladó una cantidad similar de reclusos de mediana y alta peligrosidad. Curiosamente esa acción se realizó después del censo nacional efectuado en junio de 2010. Otro operativo importante consistió en el traslado de 1335 reos en octubre de 2011 (de los estados de Tamaulipas, Guanajuato, Baja California, Coahuila, Campeche y Oaxaca).
En abril de 2011 se cambió la denominación oficial de María Madre, pasó de ser una “Colonia Penal” a un Complejo Penitenciario donde los reos tienen ahora un perfil delictivo de orden federal en alguno de los siguientes rubros: delincuencia organizada, delitos contra la salud o posesión de armas de fuego.
En febrero de 2012 el subsecretario del sistema penitenciario nacional declaraba que de 800 reos a inicios del sexenio de Felipe Calderón, se contabilizaban ya 8000. Se trata de un crecimiento más que “paulatino”, insostenible para un área que según las mismas leyes federales, se pretende conservar por su riqueza biológica. Si esa información fue verídica y se considera el operativo más reciente de traslado de reos (provenientes de Baja California, Distrito Federal, Chiapas, Sonora, Campeche, Nuevo León y Michoacán) en agosto de 2012 se sumarían entre 950 y 1000 personas más a la población.


Es notorio que las acciones y decisiones en la realidad contradicen la supuesta conservación y traen serias consecuencias en un ambiente tan frágil como es el insular. Incluso nadie dudaría que de un día a otro pudieran desaparecer, repentinamente, algunos de los criminales altamente organizados, al estar recluidos en un lugar alejado y olvidado.

Fuentes:
• Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (2007). Programa de conservación y manejo. Reserva de la Biosfera Islas Marías, México. México: CONANP.
• González Avelar, Miguel (1997): “El territorio insular como frontera”. Frontera Norte, Vol. 9, No. 17, enero-junio de 1997. México.
• Madrid Mulía, Héctor y Martín Barrón (2002). Islas Marías: una visión iconográfica. México: Instituto Nacional de Ciencias Penales.
• Melo Gallegos, Carlos y Gloria Alfaro Sánchez “Áreas Naturales Protegidas federales e hipsometría” en: Nuevo Atlas Nacional de México (2007). Hoja NA-X-3. Escala 1: 4,000,000. México: Instituto de Geografía, UNAM.
• Méndez, Alfredo (2009). “Trasladan a las Islas Marías a unos mil 200 reos de varias entidades”. La Jornada, 15 de diciembre de 2009, pp.13. México: La Jornada.
• Mendizábal, José (1995). “Islas Marías I”. México desconocido. Año XX. No. 225. Diciembre de 1995. México: Jilguero.
• Royle, Stephen (2001). A geography of islands. Small island insularity. London: Routledge.
• Editorial Letralia “Las Islas Marías y la subcultura carcelaria” http://www.letralia.com/ed_let/marias/index.htm
• Prensa diversa en línea.

viernes, 27 de julio de 2012

Riesgos por inundaciones en Isla del Carmen, Campeche



Situación e importancia geográfica


De entre los espacios insulares de México, la isla del Carmen en el Golfo de México es la más significativa a nivel nacional por albergar a la mayor población isleña de nuestro país (221 mil 94 habitantes en el año 2010). Es también importante por su contribución a la economía debido a su ubicación privilegiada frente a la Sonda de Campeche, donde se ubica el 83% de las reservas petroleras y el 33% del gas natural extraído a nivel nacional (Acosta, 1997).
Debido a la presencia del sector petrolero en la región, Ciudad del Carmen se ha convertido en una de las más importantes localidades del sureste del país, siendo la segunda ciudad en importancia del estado de Campeche y la cuarta de la Península de Yucatán.



La vulnerabilidad como justificación para estudios de riesgo


La trascendencia del sector financiero vinculado con las extracciones petroleras por un lado y por otro la persistencia del sector pesquero y las actividades tradicionalmente primarias muestran que la población de Carmen es heterogénea en cuanto al poder adquisitivo, es por ello que se evidencia un sector marginal, consecuencia del crecimiento urbano desordenado, el cual resulta más vulnerable ante las amenazas naturales a las que la región es propensa, como el paso de ciclones tropicales y sus consecuencias directas: lluvias abundantes e inundaciones.
Por su posición estratégica al suroeste de la Península de Yucatán, parecería que la isla queda protegida de las trayectorias típicas de los huracanes del Atlántico tropical. Sin embargo, el calentamiento global y sus primeras consecuencias como el aumento en cantidad e intensidad de ciclones aunados a otros factores como el oleaje y las mareas locales hacen del sistema insular de Carmen un espacio frágil y vulnerable a fenómenos hidrometeorológicos extremos.
Cabe mencionar que la baja topografía de la isla del Carmen y su sustrato favorecen la ocurrencia de inundaciones, en el Nuevo Atlas Nacional de México (2007) se muestra que el municipio de Carmen presenta ocurrencia media a este tipo de fenómenos con un rango de 6 a 18 inundaciones entre 1970 y 2004. Por los factores anteriores se hace necesario realizar un estudio de riesgos por inundación en Isla del Carmen que resulte benéfico a su población.


La amenaza: un evento inmediato


Como ejemplo de lo expuesto anteriormente se puede mencionar el evento registrado el 21 de agosto de 2007 en el que el paso del huracán Dean, debilitado a categoría 1 a su paso frente a la isla en la Sonda de Campeche originó copiosas lluvias de más de cuatro horas, las que, reforzadas por el efecto del viento dirigido de mar a tierra favorecieron la subida de la marea y la crecida del nivel debido al detenimiento del escurrimiento normal de agua.


En los reportajes de prensa nacionales consultados en diversos diarios se encuentra poco seguimiento de la noticia a pesar de que ésta fue una de las localidades más afectadas. Se mencionan un saldo blanco en vidas humanas y daños a la agricultura (pérdidas de 100,000 hectáreas de maíz, mamey, plátanos, hortalizas, caña de azúcar, chile, cítricos) y ganadería locales, a infraestructuras y un posible número de damnificados (16 mil), pero es notoria la acentuación sobre las pérdidas económicas que se dejaron de percibir por extracción petrolífera en los cuatro días que duró la contingencia (150 millones de dólares por día) y en la que se evacuaron 18 mil trabajadores de las plataformas ubicadas en la Sonda de Campeche frente a la isla del Carmen.
Habría que cuestionar si las pérdidas se consideran como tal a pesar de que el recurso siga permaneciendo en las reservas; es quizá más bien un comentario incisivo sobre la triste realidad mexicana de la dependencia sobre el crudo y su monoexportación que aún sostiene la economía y cuyo paro unos días da idea de la falta de preparación del país para enfrentar el mal aprovechamiento del recurso traducido en un saqueo y en excesiva confianza sobre su explotación en un plazo de apenas tres décadas.
Lo cierto en este evento es que cerca del 70% de la población de la isla se vio afectada en alguna medida por la crecida de hasta un metro en las partes más bajas de su topografía de por sí llana. Fueron 14 las colonias severamente afectadas tras permanecer dos días bajo el agua, de entre las cuales, seguramente muchas albergaban a la población marginada, con bajos recursos y viviendas carentes de seguridad.
Ante las experiencias anteriores del fenómeno, las acciones fueron cortar el suministro de energía eléctrica en toda la isla para evitar accidentes y desalojar el agua de la zona urbana con bombas enviadas por la Comisión Nacional del Agua que trabajó en conjunto con las brigadas de protección y del Ejército mexicano esperando la bajada de la marea, que impedía el escurrimiento adecuado.
Además de las precauciones anteriores cabe mencionar que las inundaciones pueden originar problemas dérmicos y oftalmológicos, brotes de enfermedades transmitidas por agua y alimentos contaminados y enfermedades transmitidas por vectores. No existen reportes o estadísticas públicas al respecto de este evento en Isla del Carmen a pesar de que seguramente hubo afectaciones a la salud de la población.


El medio físico de Carmen como favorecedor de inundaciones


Para lograr establecer una zonificación del riesgo por inundación en la isla del Carmen a través de cartografía es necesaria una descripción de su medio físico, pues las características meteorológicas y del sustrato son fundamentales para establecer una tipificación cualitativa sobre la posibilidad de afectación en caso de ocurrencia.
En primer término se debe saber que la isla del Carmen es un espacio insular de barrera pues separa la laguna litoral de Términos del mar abierto (Golfo de México). La cabecera municipal, Ciudad del Carmen está ubicada en la parte occidental de la isla (entre 18°37’10” y 18°39’32” de latitud N y 91°46’07” y 91°50’22” de longitud W) la cual es el principal centro urbano del sistema fluviolagunar de Términos.
Al sur de la ciudad existen una gran cantidad de esteros que presentan azolvamiento y han sido rellenados para albergar a más población. Esta zona está considerada de alto riesgo ya que es susceptible a inundaciones cuando la marea alta alcanza más de 95 cm (Acosta, 1997).
El relieve de la isla es plano con ligeras ondulaciones producidas por acumulación de arenas acarreadas por tormentas y por el rompimiento de olas de la playa, tan llano que en la cartografía topográfica en escala 1:250,000 las curvas de nivel son inexistentes.
La línea costera de la isla que da hacia la laguna es pantanosa de manglar, área llana que queda inundada durante la marea. Las unidades geológicas son sedimentarias calcáreas del cuaternario y se distribuyen tres tipos de suelo: palustre, lacustre y litoral, mientras que los suelos son de dos tipos: regosol cálcico en el norte y solonchak órtico y mólico en el sur y oriente, vinculados, éstos últimos, con las zonas de manglar.
La precipitación media varia de 1000 a 1200 mm de mayo a octubre y de 350 a 400 mm de noviembre a abril en toda la isla, es decir mayor a 1500 mm anuales, siendo una de las zonas más lluviosas el oeste donde se encuentra Ciudad del Carmen.
Por su parte, el coeficiente de escurrimiento en la isla va del 5 al 20% en distintas regiones, es decir, que es el porcentaje de agua precipitada que escurre, drena o se acumula superficialmente de acuerdo a la permeabilidad de la roca. En el caso de la caliza la permeabilidad es alta.

Zonificación del riesgo

De acuerdo con Aragón (2005) la identificación de áreas propensas a inundación implica la evaluación geomorfológico fluvial apoyada en fotografías aéreas, imágenes de satélite, análisis de curvas de nivel (altura relativa), análisis del uso de suelo y vegetación y de ser posible un complemento con análisis textural (muestreo en campo) y análisis hidrológico (estadístico).
En el caso de inundaciones asociadas a ríos, las áreas más propensas se localizan en la llanura fluvial (Aragón, 2005), sin embargo para el caso de Isla del Carmen se debe considerar su condición insular con corrientes apenas intermitentes y su situación de isla de barrera. En este caso influyen más bien la topografía (depresiones), el tipo de sustrato (permeabilidad) así como la influencia de las mareas en el sistema lagunar y marítimo. En las zonas oriente y meridional de la isla, la presencia de suelo solonchak y la vegetación de manglar son aspectos que unidos al coeficiente de escurrimiento (del 10 al 20%) indican la presencia de inundaciones constantes no sólo como condiciones sino como parte del equilibrio del ecosistema.

A partir de la consulta cartográfica se realizaron dos pasos para la generación de un mapa de riesgos por inundación:
a) La consulta bibliográfica sobre los aspectos ubicados en los mapas de Isla del Carmen, es decir, la búsqueda de conceptos y características concretas de ese medio físico para poder hacer un diagnóstico fundamentado.
b) La sobreposición de capas de los mapas existentes, es decir, conjunción de las variables del sustrato (geología, edafología y uso de suelo-vegetación) con la hidrología superficial.

Al carecerse de cartografía y datos sobre comportamiento oceanográfico local en la zona circundante a la isla del Carmen, el mapa que se logró realizar responde a riesgos por inundaciones causadas por precipitación sin tomar en cuenta la marea como variable fundamental, sin embargo el esbozo expuesto es un primer intento por delimitar, de entre la superficie de la isla, las zonas más propensas al fenómeno.




Fuentes consultadas:

Bibliografía:

--> Acosta López, Lourdes (1997). Una perspectiva espacial de la marginalidad urbana en Ciudad del Carmen, Campeche (1996). Tesis de licenciatura en Geografía. México: Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
--> Aragón González, Rafael (2005). Geomorfología fluvial en el curso bajo del río Pánuco: identificación de áreas propensas a inundación. Tesis de licenciatura en Geografía. México: Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
--> Carrascal, Eurosia e Israel Baxin. “Hegemonía de los servicios en la Península de Yucatán, 1980-2003” en: Garza, Gustavo (2008). Evolución del sector servicios en ciudades y regiones de México. El Colegio de México [en prensa]
--> Salinas Chapa, Diana (1974). Estudio geográfico del mar de la región de la Isla del Carmen, Campeche. Tesis de licenciatura en Geografía. México: Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Cartografía:

--> Dirección General de Geografía (1983). “Carta geológica”. Ciudad del Carmen. E15-6. Escala: 1:250,000. México: Secretaría de Programación y Presupuesto.
--> Dirección General de Geografía (1983). “Carta Hidrológica de aguas superficiales” Ciudad del Carmen. E15-6. Escala: 1:250,000. México: Secretaría de Programación y Presupuesto.
--> Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1985). “Carta edafológica” Ciudad del Carmen. E15-6. Escala: 1:250,000. México: INEGI.
--> Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1998). “Carta topográfica” Ciudad del Carmen. E15-6. Escala: 1:250,000. México: INEGI.
--> Oropeza, Oralia et. Al. (2007) “Frecuencia de inundaciones por municipio. 1970-2004.” en: Nuevo Atlas Nacional de México, clave NA-XIV-3, escala 1:8,000,000. México: Instituto de Geografía, UNAM.


miércoles, 29 de febrero de 2012

Asentamientos humanos en las islas mexicanas del Pacífico

La presencia humana en los pequeños espacios insulares significa un riesgo para la diversidad biológica local por la fragilidad de sus sistemas naturales. Sea una población minúscula o una cantidad considerable de habitantes ocurren cambios notables para el ambiente y paisajes nuevos vinculados con la ocupación humana.
Las islas mexicanas habitadas son aquellas cercanas al continente (isla del Carmen, Holbox, Cozumel y Mujeres en el Golfo de México y Mar Caribe, y Magdalena, Santa Margarita y Cedros en el Pacífico) o que ofrecen las condiciones necesarias para la supervivencia de un grupo humano como la presencia de agua o de recursos naturales que se puedan explotar y sean importantes y significativos en la economía nacional. Los espacios insulares en el Pacífico mexicano que históricamente se han conservado con mayor población son Cedros y María Madre (la primera con población civil, la segunda es penal federal).
Las actividades humanas en los espacios insulares están en función de la posición con respecto al continente u otras islas habitadas (Macías, 1979). En el caso de México, existen islas relativamente cercanas a la costa y otras con una condición netamente oceánica por su inaccesibilidad como las que componen el Archipiélago Revillagigedo.
Es difícil estimar exactamente cuántos son los habitantes isleños de México, los datos proporcionados por el INEGI son cuestionables, un ejemplo de ello lo constituye la isla Carmen en el Golfo de California, cuya población, según los censos, decrece desde 1940 hasta 1980, para 1990 no hay datos y en 2000 se indica como despoblada. Hasta finales de la década de los años 80 la explotación de la sal estaba activa, por lo que sería interesante indagar si la sobreexplotación llevó al despoblamiento de la isla o si los datos del INEGI son incorrectos, este puede significar un estudio valioso y potencial de geografía insular. El caso más sorprendente se refiere a la población de Cedros, que según los habitantes del lugar y algunos autores (Chenaut, 1985; Coll-Hurtado, 1990) sumaba una población entre 8,000 y 10,000 habitantes durante los años 70, hecho que jamás fue registrado por INEGI.
El Atlas del territorio insular habitado de los Estados Unidos Mexicanos (INEGI, 1994) reportaba que en 1990 existían 107 islas permanentemente ocupadas, 48 en cuerpos de agua continentales (ríos, lagos, lagunas, presas y esteros), 42 en el Atlántico (33 en lagunas de agua salada y nueve en mar abierto) y 16 en el Pacífico. La sumatoria de la población nacional isleña para ese año se calculaba en 149,980 personas, pero no se especificaba el porcentaje de aquéllos que vivían en islas interiores, con lo cual se ratifica, una vez más, la parcialidad en los datos brindados.



En 1990 las 16 islas habitadas en el Océano Pacífico, según los datos de INEGI eran: Todos Santos Norte, Guadalupe, Cedros, San Benito Oeste, San Jerónimo, Santa Margarita, Magdalena, Natividad, San Marcos, San José, Partida, Mavirí, Talchichilte, María Madre, Socorro y Clarión.
Aunque en 2005 las islas habitadas eran casi las mismas, la población insular en el Pacífico mexicano disminuyó, pasando de 7,500 a 4,255 habitantes.



En abril de 2009 el periódico Excelsior publicó una nota sobre la preparación del primer atlas insular de México por parte de la Secretaría de Gobernación. En ella se reportan los siguientes datos: hay 238 islas que suman 5,918 kilómetros cuadrados, 221 de ellas deshabitadas. Se reporta que, de las 17 restantes, en 12 sólo viven vigilantes, custodios de faros y marinos (Quiroz, 2009), cifra con la que, sólo restarían cinco islas con población significativa. En 2005, seis islas tenían más de 100 habitantes, Coronado, Cedros, Natividad, Santa Margarita, San Marcos y María Madre. Habrá que esperar la publicación de ese atlas y verificar que la información sea realmente fidedigna.



Algunas islas se han mantenido muy poco pobladas como Socorro y Clarión pues el decreto de creación del Área Natural Protegida en el Archipiélago Revillagigedo especifica que en ninguna Reserva se autoriza la fundación de nuevos centros de población. De cualquier forma la lejanía del continente y escasez de agua dulce impediría su crecimiento demográfico pues los pocos habitantes son marinos de la Armada de México y permanecen ahí más que por voluntad, por asignación.



Fuentes consultadas:
-> Baxin, Israel (2010). La isla de Cedros en el contexto insular del Pacífico mexicano: un estudio de geografía cultural. Tesis de licenciatura en geografía. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.
-> Chenaut, Victoria (1985). Los pescadores de Baja California (Costa del Pacífico y Mar de Cortés). México: CIESAS (Cuadernos de la casa chata, 111)
-> Coll-Hurtado, Atlántida y Mercedes Pereña-García (1990). “Las islas, las fronteras”, en: García, Ana (coordinadora). Atlas Nacional de México. v. III. Hoja VII.3.1, Escala: 4,000,000. Sección México en el mundo, México: Instituto de Geografía, UNAM.
-> Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1994). Atlas del territorio insular habitado de los Estados Unidos Mexicanos 1990. Anexo cartográfico. México: INEGI.
-> Macías, Jesús (1979). La isla Isabela, Nayarit: estudio geográfico de un espacio insular. Tesis de licenciatura. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.
-> Méndez, Alfredo (2009). “Trasladan a las Islas Marías a unos mil 200 reos de varias entidades”. La Jornada, 15 de diciembre de 2009, pp.13. México: La Jornada.
-> Quiroz, Carlos (2009). “Robinson habita 2 islas mexicanas”. Excelsior, 12 de abril de 2009. México.

miércoles, 18 de enero de 2012

Territorios insulares perdidos por México

Las islas implican beneficios para la entidad o el país continental al que pertenecen, pero es también en ellos en los que se debe tener un resguardo especial, pues el término aislamiento podría jugar un papel de doble filo: su descuido puede implicar la intervención extranjera o el olvido con un consiguiente desaprovechamiento de los bienes que pueden brindar al desarrollo del país, no sólo en el sentido económico, sino también en lo espacial al significar una pérdida irrecuperable. Para el caso de México hay dos casos que ejemplifican lo anterior en el Océano Pacífico, el Archipiélago del Norte y la Isla Clipperton.



A) El Archipiélago del Norte

Actualmente conocidas como Channel Islands, constituyen un archipiélago situado frente a la costa del estado norteamericano de California frente al litoral que va de San Diego a San Francisco. El archipiélago está compuesto por ocho islas: San Miguel, Santa Rosa, Santa Cruz, Anacapa, Santa Bárbara, San Clemente, San Nicolás y Santa Catalina.
Durante la época colonial formaban parte del Reino de la Nueva España y fueron administradas por el Territorio de la Alta California al ser nombradas posesiones españolas en 1542 por Juan Rodríguez Cabrillo, su descubridor.
Poco tiempo después del movimiento de independencia, estas islas fueron ocupadas por Estados Unidos, así como la mitad septentrional del territorio como consecuencia de la guerra de 1842, y su pérdida fue reconocida por México en 1852, después de la firma de los tratados Guadalupe-Hidalgo y de Gadsden (venta de La Mesilla). Cabe hacer notar que en dichos tratados no se mencionaba la cesión de espacios insulares, únicamente se aludió al territorio continental. Sin embargo México descuidó este hecho y no ha formulado reclamación alguna pues no existen fundamentos legales válidos de conformidad con el Derecho internacional que le permitan intentar la reivindicación de las islas. A más de siglo y medio desde la firma de los tratados territoriales con Estados Unidos, cualquier tipo de reclamo por parte de México sería inútil y la pérdida de esas islas es un capítulo “empolvado” de nuestra historia.
A partir de 1978 con la firma del tratado de delimitación marítima, México reconoció y aceptó la soberanía de Estados Unidos sobre estas islas, las cuales jamás formaron parte de alguno de los catálogos o inventarios insulares oficiales desde la etapa independiente de nuestra historia. Mientras que Estados Unidos, por su parte, pobló algunas y les brindó atención debido a su potencial estratégico, natural y económico.
Las Channel Islands suelen ser divididas en dos grupos: las del norte (Anacapa, Santa Cruz, Santa Rosa y San Miguel) se ubican frente a los condados de Santa Bárbara y Ventura; y las del sur (Santa Bárbara, San Nicolás, Santa Catalina y San Clemente) entre Los Ángeles y San Diego. Cinco forman parte del Parque Nacional de las islas del Canal (Channel Islands), tres son de propiedad federal y dos de propiedad privada (Santa Catalina y Santa Cruz). Las islas San Clemente y San Nicolás se consideran áreas restringidas, cuentan con zonas navales en su territorio y constituyen espacios de alto valor estratégico desde la Segunda Guerra Mundial (bases de proyectiles, de radar y aeropistas). En las islas restantes se han desarrollado actividades económicas como la agricultura, pesca y el turismo, lo que habla de una alta inversión e interés de Estados Unidos en su geografía. Bajo esta situación es prácticamente imposible que Estados Unidos alguna vez considere siquiera devolverlas a México.





B) El atolón Clipperton

Isla de la Pasión y Clipperton son los nombres con los que se denomina a un atolón coralino de 7 km2 de extensión situado en el Pacífico Tropical a los 10°18’ N y 109°12’ W, a la misma latitud que Costa Rica. En algún momento fue la posesión insular más alejada de México, a más de 1,200 km de la costa de Acapulco. Clipperton es la única porción minúscula de tierra en un radio de 600 millas, en pleno Océano Pacífico, no obstante, el atolón ha implicado intereses mercantiles, ambiciones políticas, afanes militares, grandezas y miserias de la naturaleza humana.
Remontándose a la historia, existen varias versiones de su descubrimiento, se dice, por ejemplo, que fue avistada por Fernando de Magallanes en 1521 durante un viaje exploratorio que realizó en el Océano Pacífico; si bien se cree que su verdadero descubridor fue Álvaro Saavedra Cerón, comisionado de Hernán Cortés para explorar esa zona que pertenecía a la Nueva España, y entonces se le denominó Médanos. En 1708 fue renombrada por marinos que arribaron al atolón y viajaban a bordo de dos buques franceses, quienes llegaron a ella “el día de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo” y de ahí deriva el nombre “isla de la Pasión”. En el siglo XVIII se le denominó Clipperton en honor de un temido pirata inglés, cuya leyenda hablaba que ese punto del Pacífico era su refugio, curiosamente, el nombre que pervive hasta nuestros días.
El atolón se sitúa en la fractura Clipperton en el Pacífico, es un vestigio de un volcán emergido en algún momento y desaparecido después por una explosión. Sus restos se encuentran al ras de la superficie del agua, en torno al cual prosperó un arrecife coralino. La laguna interior tenía hasta el siglo XIX dos aberturas naturales al mar; más tarde cerradas por el crecimiento de los arrecifes. En la actualidad, el atolón alberga una limitada vida de algas y microorganismos con un fuerte olor a amoniaco.
Clipperton es literalmente un punto de tierra en la inmensidad del océano; posee una población importante de aves guaneras (se cuentan en cientos de miles) en una zona de riqueza pesquera. Sus recursos mineros no se encuentran en la superficie, sino sumergidos: como en el caso de isla Clarión hay una abundancia de nódulos polimetálicos en el suelo submarino que la circunda.



Mucho se ha escrito sobre Clipperton, más allá de la leyenda del pirata que le dio nombre. Por su lejanía del territorio mexicano, la isla fue olvidada tras la independencia de la Nueva España, tiempo durante el cual estuvo documentada como punto de navegación en la ruta de la Nao de China, registrada en la cartografía como isla Médanos.
A finales del siglo XIX la isla estaba habitada por los empleados de una empresa alemana explotadora de fosfatos (hasta 100 habitantes), actividad que se realizaba por la abundancia de guano. La explotación de dicho recurso, había sido el pretexto perfecto para su ocupación por Estados Unidos como resultado de una ley expedida en 1856 que refería que cualquier ciudadano norteamericano que descubriera una isla guanera que no perteneciera, o que no pareciera pertenecer a otro país, podría ser registrada en el Departamento de Estado de Estados Unidos. Clipperton fue sólo una de las 80 islas apropiadas por los vecinos del norte durante la segunda mitad del siglo XIX.
Porfirio Díaz al saber de la presencia extranjera en Clipperton ordenó su ocupación en 1897, sin embargo al mismo tiempo el gobierno de Francia protestó por el arribo de un grupo de mexicanos argumentando que la isla era de su propiedad, debido a una toma de posesión realizada en 1858. La serie de reclamos mutuos propició el sometimiento del caso al arbitraje internacional, cuyo dictamen se dio a conocer en 1931 a favor del país europeo, a pesar de su pertenencia histórica a México, desde la época colonial como lo demostraba la cartografía de la Nueva España.
La historia trágica de Clipperton comenzó cuando sus ocupantes, enviados por el gobierno de Porfirio Díaz, fueron olvidados hacia 1910 debido a la revolución desencadenada en el país y a que se encontraba en una zona intransitada en pleno océano. Los habitantes dejaron de recibir las provisiones necesarias para su mantenimiento por lo cual la población fue disminuyendo, por la falta de víveres y a causa del escorbuto. En 1916 el capitán al mando (denominado gobernador), Ramón Arnaud, falleció ahogado junto a otros hombres en el intento de salir al encuentro de una supuesta nave de vapor, mientras que los pocos isleños sobrevivientes quedaron a merced de los abusos de un hombre autoproclamado “rey de la isla”. Su violencia y autoritarismo propició su asesinato por parte de las mujeres sobrevivientes en ese entonces. Fue en 1917 cuando un cañonero norteamericano rescató a los pocos que quedaban vivos (once en total) y los trasladó al continente.
A pesar de la trágica historia de los mexicanos que habitaron durante una década este atolón, desde 1931 pasó a ser oficialmente una posesión francesa jamás ocupada permanentemente por ese país. México aceptó el injusto fallo y borró el nombre de la isla Clipperton de la Constitución en 1934 en el apartado donde se mencionan algunas de las islas significativas pertenecientes al país y que se sitúan en mar abierto.
Durante la Segunda Guerra Mundial fue un espacio codiciado por Estados Unidos y Gran Bretaña para establecer ahí alguna base aérea, como ocurrió con muchas islas del Pacífico. Sin embargo la poca viabilidad del escaso terreno y una alta inversión para tales fines impidió que esos planes se pusieran en marcha, de esa época sólo queda en el suelo de Clipperton, una serie de municiones deterioradas con el tiempo.
Actualmente este espacio insular está despoblado y significa para Francia un punto estratégico por la extensión de espacio oceánico que le provee de 431,015 km2 más de Zona Económica Exclusiva a pesar de su minúscula extensión y de que viola la Convención sobre Derecho del Mar (Convemar) pues no tiene habitantes permanentes ni actividad económica solventada.
El atolón es un sitio de gran interés para investigadores de los procesos biológicos, químicos, geográficos y oceanográficos, por lo que se ha considerado convertirla en un observatorio internacional del mar con propósitos científicos, conclusión a la que llegó una expedición transdisciplinaria de científicos internacionales, no aprobada por el gobierno francés hasta el momento.


Fuentes consultadas:
-> Arango, Manuel (productor) y Robert Amram (guión y dirección). Clipperton. Isla de la Pasión. Documental en DVD. México, 2003, Concord PR, S.A. de C.V.
-> Baxin, Israel (2010). La isla de Cedros en el contexto insular del Pacífico mexicano: un estudio de geografía cultural. Tesis de licenciatura en geografía. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.
-> Breña, Gabriel (2004). Clipperton, Isla de la Pasión. Historia de una isla olvidada. México: Fundación Mexicana para la Educación Ambiental, A.C.
-> González Avelar, Miguel (1997): “El territorio insular como frontera”. Frontera Norte, Vol. 9, No. 17, enero-junio de 1997. México.
-> Habana, Misael (2005). “Proponen convertir Clipperton en observatorio oceanográfico”. La Jornada 19 de abril de 2005. México: La jornada.
-> Martín del Campo, David (1987). Los mares de México. Crónicas de la tercera frontera. México: Era - UAM (Problemas de México).
-> Vargas, Jorge (1993) El Archipiélago del Norte, ¿territorio de México o de los Estados Unidos? México: Secretaría de Relaciones Exteriores – Fondo de Cultura Económica.
-> Vázquez Trujillo, Astrid (1994). La computación aplicada a la geografía: inventario de islas de México. Tesis de licenciatura. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.

domingo, 1 de enero de 2012

El contexto insular de México


Se dice que México vive de espaldas al mar, metáfora certera y dolorosa considerando su excelente posición geográfica entre el Océano Pacífico al occidente y el Golfo de México y Mar Caribe al oriente, que bañan 11,000 km de su litoral con aguas tropicales y templadas, a pesar de ello, la realidad de México es de un país más continental que marítimo en diversos aspectos como la alimentación, las actividades económicas o el uso de transportes.
La situación de vida de la mayoría de los mexicanos, casi enteramente continental, recae en el descuido hacia sus islas, lo cual se refleja en un conocimiento casi inexistente y disperso, situación que ha condenado históricamente a nuestras islas a ser territorios ignorados a nivel general e institucional. Ni siquiera se tiene la claridad concreta del número de islas pertenecientes al país.
El primer inventario nacional de islas (“Islario”) fue elaborado por Antonio García Cubas en 1900, quien registró 342. Manuel Muñoz Lumbier reportaba en 1946 la existencia de 275 islas, muchas menos que García Cubas. Conforme avanzó el siglo XX y se hicieron estudios más sistemáticos sobre los espacios insulares, la información cambió y el número de islas ha reportado cada vez, una menor cantidad. Así, la Secretaría de Marina en 1979 indicaba la existencia de 198 islas mexicanas, 49 en el Atlántico y 149 en el Pacífico, con una extensión de 5,365 kilómetros cuadrados y en 2009 la Secretaría de Gobernación dio a conocer que oficialmente se han identificado y considerado 238 islas que suman 5,918 kilómetros cuadrados.
La cuantificación de las islas, para determinar su número y evitar vaguedades es importante aunque no fundamental para valorarlas, pero es más importante darlas a conocer en sus características y cualidades, lo cual puede ser el punto de partida para su difusión.
Los espacios insulares de México son territorios ricos en posibilidades pero olvidados o poco tomados en cuenta, algo contradictorio y ambivalente. La historia de México no dejará mentir a sus estudiosos sobre el papel trascendente que tuvieron las islas como puntos de partida para las exploraciones hispanas en el “Nuevo Mundo” y en la Nueva España.
La información referida a las islas de México es escasa y en ocasiones contradictoria. Al consultar diversas fuentes bibliográficas que tratan sobre los espacios insulares de México, pueden encontrarse irregularidades y falta de actualización, a pesar de tratarse, en algunos casos, de fuentes oficiales como los catálogos recopilados por la Secretaría de Marina, la Secretaría de Gobernación o el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el cual reportaba en 1981 en un catálogo provisional 3,067 elementos emergidos en la Zona Económica Exclusiva aunque 2,700 de ellos carecían de nombre y no se especificaba cuántas eran islas. Tiempo después al hacer análisis de esta cantidad tan dudosa se supo que muchas islas y otros cuerpos emergidos fueron contabilizados más de una vez o denominados de forma errónea
No existe una concordancia de una fuente a otra entre algunos datos importantes del territorio insular, como la posición precisa, la extensión total, el número de islas, mucho menos los recursos con que cuentan o la población que las habita. 18. Incluso se estima que México cuenta con más de 2,800 cuerpos insulares entre islas, islotes, cayos, arrecifes y rocas que emergen en las aguas nacionales.
Del total de islas pertenecientes a México, la mayor parte, en cantidad y en extensión, se ubican en el Océano Pacífico. Del 100% de la superficie insular total, 20 islas abarcan más del 90%, de las cuáles las cinco más extensas suman el 59% y las 10 mayores el 75% de la superficie insular.


De entre las islas mexicanas, algunas han tenido mayor trascendencia como podrán comprobarse en el desarrollo de la historia y la demografía nacionales. La isla del Carmen, en el Golfo de México, es la más significativa a nivel nacional por albergar la mayor población isleña de nuestro país (221 mil 94 habitantes en el año 2010). Carmen es también importante por su contribución a la economía debido a su ubicación privilegiada frente a la Sonda de Campeche, donde se encontraron grandes yacimientos de petróleo y gas natural, y su explotación ha sido importante a nivel nacional los últimos años. Debido a la presencia del sector petrolero en la región, Ciudad del Carmen se convirtió en una de las más destacadas localidades del sureste del país, siendo la segunda ciudad en importancia del estado de Campeche y la cuarta de la Península de Yucatán. Isla del Carmen fue denominada “Txis” por los pobladores indígenas que la habitaron hasta la Conquista, fue nombrada más tarde Aguada e Isla Triste por los españoles. Respecto a su estatus político hay un dato curioso que la mayoría de los mexicanos seguramente desconoce, es la siguiente, a mediados del siglo XIX, Isla del Carmen fue una de las 28 entidades mexicanas, con la categoría de territorio, como Baja California, Colima o Tlaxcala, por lo que ha sido la única isla mexicana con una categoría política similar a la de las entidades federativas, tal estatus permaneció solo cuatro años (1853-1856). Después de ese tiempo se anexó al estado de Campeche. Actualmente en Carmen se desarrolla una diversidad de actividades económicas como agricultura, ganadería, pesca, extracción petrolera, actividad portuaria, industria y de servicios.
En el litoral del Golfo de México y Mar Caribe, otras islas con asentamientos indígenas significativos fueron Mujeres, Holbox y Cozumel en territorio maya, Blanca y Sacrificios en el territorio actual de Veracruz. En el litoral del Pacífico, Tiburón, Espíritu Santo y Cedros fueron islas que estaban habitadas a la llegada de los europeos, por indígenas seris, pericúes y cochimíes respectivamente. En tiempos recientes ciertas islas del Pacífico que cuentan con poblaciones importantes son Magdalena (pescadores), Santa Margarita (Armada de México) y María Madre (penal federal).
De la isla Cozumel, en el Mar Caribe, cabe mencionar que albergaba una población de 79 mil 535 habitantes en el año 2010. No se tienen evidencias de su poblamiento antes de 1849 y es en ese año que se funda la localidad, pasando de un sostén agrícola y de explotación del chicle en el siglo XIX a ser uno de los puntos más significativos del turismo de la denominada Riviera maya en la actualidad. Es junto a isla Mujeres (12 mil 642 habitantes en 2010) uno de los municipios del estado de Quintana Roo, esta condición política y el turismo les ha permitido un mayor avance económico, semejante al de isla del Carmen; estas tres islas reciben gran atención y una fuerte asignación en su presupuesto, a diferencia del resto, que se encuentran en descuido por los gobiernos federal y estatal.
Se puede afirmar que la población isleña es muy poca en México en un sentido proporcional pues equivale a 0.003% de los habitantes de la República Mexicana, porcentaje bajo numéricamente hablando pero alto en lo que se refiere a su significado.
Los isleños se ubican sobre todo en tres islas del Golfo de México y del Mar Caribe: Del Carmen, Cozumel y Mujeres (sumaban 243 mil habitantes en el año 2000 y 313,271 en el 2010), siendo la actividad petrolera, en la primera isla, y el turismo en las restantes, actividades que mantienen una población creciente en esos casos, tales islas conjuntan más del 80% de la población isleña del país. Mientras que en el Pacífico los asentamientos más importantes están en Isla de Cedros e Isla María Madre, que conjuntaban 4,830 habitantes en el año 2010.
Los espacios insulares en el Pacífico mexicano son los que han tenido una menor influencia humana por su inaccesibilidad o por las condiciones difíciles para poder sostener asentamientos en sus superficies, pero al mismo tiempo, el hecho de su situación como espacios remotos, les ha brindado una gran riqueza potencial en recursos naturales que significa un patrimonio para los mexicanos, quienes paradójicamente ignoran esta realidad.



Fuentes de consulta:
- Baxin, Israel (2010). La isla de Cedros en el contexto insular del Pacífico mexicano: un estudio de geografía cultural. Tesis de licenciatura en geografía. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.
- Cabada Huerta, Marineyla (2007). El Territorio Insular de México. México: Cámara de diputados LIX Legislatura (Serie Amarilla, Temas políticos y sociales).
- Hermosa, Jesús (1857). Manual de geografía y estadística de la República Mejicana. París: Librería de Rosa, Bouret y Cía (Enciclopedia popular mejicana).
- Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1990). Catálogo de islas y arrecifes. México: INEGI.
- Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (2011). Censo de población y vivienda 2010. México.
- Méndez, Miguel Ángel (1990). “Las islas mexicanas: importancia económica, régimen jurídico y proyecciones internacionales” Revista mexicana de política exterior. No. 28, Otoño 1990. México. pp. 33-39.
- Quiroz, Carlos (2009). “Robinson habita 2 islas mexicanas”. Excelsior, 12 de abril de 2009. México
- Secretaría de Gobernación y Secretaría de Marina (1987). Islas mexicanas (régimen jurídico y catálogo). México: SEGOB – SEMAR.
- Vázquez Trujillo, Astrid (1994). La computación aplicada a la geografía: inventario de islas de México. Tesis de licenciatura. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.