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martes, 14 de octubre de 2014

Poesía insular III


Islas personales, habitadas, olvidadas, agrestes, misteriosas, fantásticas... algunas con calificativos de sobra o insuficientes. 
Innegablemente, la isla es una realidad geográfica constantemente metaforizada.
Hay para quienes existe la isla errante: un barco, témpano o persona también pueden adquirir condición de insularidad...


Monólogo frente al Michigan Lake mientras arde un pato (fragmento) 

(…) 
En La Habana se mete la isla al cuerpo, 
ya soy mitad yo y mitad isla 
voy lleno de mar y ron y negros y grados centígrados 
inútil defenderme del viento 
o agarrarme a mí mismo con los puños metidos 
en los bolsillos 
inútil engañar al cuerpo con la ilusión de que 
alguien nos protege: 
nadie nos espera detrás de la barricada, 
qué soledad la punta del tiempo. 
(…) 



El texto anterior es del mexicano-catalán Jordi Soler con la idea del humano que adquiere inherente la propiedad de aislamiento, pero ésta tiene también su antítesis como la negación del poeta inglés John Donne, quien ya escribió en el siglo XVII: 


Meditación XVII


Ningún hombre es una isla, 
entera en sí, 
Cada hombre es pieza de continente, 
parte del total. 
Si el villano es arrastrado por el mar, 
Europa se reduce. 
cual si fuera promontorio, 
cual si fuera coro de amigos, 
o fuera propia: 
Toda muerte me disminuye, 
pues estoy con la humanidad 
Así no pidas saber por quién dobla la campana; 
dobla por ti. 


¿Existen personas - isla? ¿Son transversales al tiempo o al espacio? ¿Cuál es el borde que trastocan? La mexicana Helena Paz Garro, hija del laureado Octavio y la perseguida Elena, tuvo una historia de olvido ensombrecido y atrapó estas palabras en 1982:


Mi isla 


Mi isla de oro 
tan próxima tan lejana. 
La acerco con mis olas. 

Busco adivinar lo que encierra su frente 
para alcanzar el núcleo de sol 
en que se reabsorbe su ser, 
las playas blancas de sus pensamientos, 
la risa en su alma rumorosa de pájaros. 

Se aleja 
se convierte en una minúscula canica de oro 
y rueda bajo la puerta 
para siempre.




En esta nueva revisión de lecturas poéticas, diviso que las islas se encuentran muy cercanas a la nostalgia pero con fulgor y destellos siempre sorprendentes.

sábado, 26 de abril de 2014

Isla San Marcos, la estatua de yeso

En mis investigaciones desde la geografía humana, no importa cuántos, sino quiénes han ocupado los espacios insulares: qué historias han forjado, qué huellas han impregnado en su suelo y en su mar.
En el Pacífico mexicano la segunda isla con más habitantes civiles, después de Cedros, es San Marcos, lugar ocupado por los trabajadores de una gran mina de yeso, cuya blancura puede ser observada desde fotografía satelital.



En San Marcos se puede hablar de una cultura local vinculada con el sector minero en un contexto asociado al mar. Isla donde se han formado por igual trabajadores de la minería, artesanos y beisbolistas en el pueblo más blanquecino de Baja California Sur y quizá de todo México.
Aunque sobre esta isla queda mucho por decir, basten palabras de la lírica popular que muestran su humanización a través de la identidad de sus ocupantes u observadores:

Dios te ha formado
para que tú fueras
la estatua de yeso
tibia y tropical.

Tú eres la paloma que de tierra firme
un día de calma salió a navegar.
Pero te quedaste anclada en las olas,
solita y sola allá en altamar.

Si ya tus encantos
se van consumiendo,
yo también me alejo
muy lejos de aquí.


(Canción ranchera Isla San Marcos, por Rafael Mendoza, 1970)


miércoles, 9 de abril de 2014

Cozumel hecha canción


Dentro de las discografías que forman parte de mi colección personal, por el momento sólo encuentro una canción inspirada en una isla mexicana: Cozumel. 


La creación proviene de Santiago Auserón, conocido por su voz y estilo latino dentro del rock hispano tanto en su etapa con el grupo Radio Futura como en su etapa solista bajo el seudónimo de Juan Perro. Esta canción se encuentra en su primer disco solista: Raíces al viento del año 1995.





Juan Perro canta y describe ese ambiente marítimo y poético al mismo tiempo que bordea a la isla con versos bien logrados, aludiendo a su atmósfera, al ambiente de quienes la viven o la visitan, incluso a las aves que le dieron nombre (en maya es la "isla de las golondrinas").

Comparto aquí la letra y video de esta canción compuesta e interpretada por el alter ego de Santiago Auserón, Juan Perro:



COZUMEL


Se va erizando la piel 
Azulada del Caribe 
Y en el cielo se percibe 
Un resplandor de amenaza 

Aunque no soy de tu raza 
Islita de Cozumel 
Dale cobijo a mi piel 
Que está siendo perseguida

Y una vasija caída 
Allá en lo alto del cielo 
Lloraba su desconsuelo 
Con lágrimas de aguamiel 

Cozumel, Cozumel 
Dale cobijo a mi piel

Risita de cascabel 
Me despertó una mañana 
Y una culebra la indiana 
En su regazo tenía

Quitarme quiero, decía 
Mi hábito de golondrina 
Y en gaviota blanquecina 
Mudarme para volar

Mas nadie puede escapar 
Cuando la suerte está echada 
Como amarra en la ensenada 
Este maltrecho bajel

Cozumel, Cozumel
Dale cobijo a mi piel

Mi corazón siempre fiel 
Tomó por un rumbo malo 
Tengo colgadas de un palo 
Las fauces del tiburón

Y oculto en esta prisión 
De color azul mi duelo 
Que está lleno de agua el cielo 
Y llena de agua la mar

Si llega a tí mi cantar 
Mira que estamos mojados 
Los santos y los malvados 
Dentro de un mismo tonel

Cozumel, Cozumel 
Dale cobijo a mi piel.



jueves, 27 de febrero de 2014

Poesía insular II

El poeta cubano David Lago González publicaba en Union Square (Nueva York) en abril de 2004 una reflexión sintética sobre la paradójica realidad isleña:


Una ínsula tiene orillas, y todas sus fronteras dan a un vasto y abrumador continente que traga vorazmente su propia libertad como el más obcecado de los honorables totalitarios. Una ínsula es un guijarro en el ojo del gigante. Pero todos queremos, tal vez con cierta obsesión, que nuestra casa, aunque pobre, sea "decente"; nuestro vino, amargo, pero al cabo "nuestro"; y nuestro abismo, el más cómodo de todos los infiernos. "Ningún hombre es una isla en sí mismo". Pero ¿cuántas almas necesita una ínsula para ser un hombre? ¿Cuántos muertos? ¿Cuántos vivos? ¿Cuántos medio vivos o medio muertos? ¿Cuánta sombra? ¿Cuánta risa o zozobra? (...) Nadie está a salvo, pero, porque precisamente he regresado a la pubertad del pez virgen en el estuario, me pregunto cuántas islas deben caber en un hombre para llegar a ser una ínsula.

  La Gomera, Islas Canarias


Las islas como imágenes delimitadas de la realidad geográfica se encuentran lejos de “tierra firme”, rodeadas de agua pero siempre cerca de la poesía, sin duda por la carga metafórica que contienen. Son un tema de sumo interés para quienes las habitan, muestran empatía con ellas o incluso “se sienten el anhelo de una”, como menciona la escritora cordobesa Sofía Clevit.



Hay una diversidad de islas más allá de las que se han apoderado del imaginario. Además de las tropicales y los atolones de ensueño en peligro de extinción, las hay desérticas (ecológicamente hablando, no en sentido robinsoniano), glaciares o urbanizadas con explosión demográfica que superan con creces la ficción de las islas imaginarias.

ISLA


Sólo tengo la calle.
El asfalto. Los escaparates.
Espero en las esquinas
a nadie.

Sólo tengo los árboles.
Las nubes. Los estanques.
Paseo en los jardines
con nadie.

Sólo me queda el aire.
Los mapas. Las ciudades.
Escribo. Escribo cartas
a nadie.


El poema anterior, del economista y literato español José Luis Sampedro, demuestra que la isla como tema tiene innumerables lecturas y reflejos, aun hallándose en algún escrito primigenio, casi inédito, de alguno de los grandes intelectuales de nuestro tiempo, pero también titulando alguno de sus poemarios más populares, caso del mexicano José Emilio Pacheco, como el transcrito a continuación, perteneciente a la antología Islas a la deriva:


LA ISLA


Llegamos a la isla.
El otoño
se abría paso en el aire,
y en el lago
las hojas encarnadas y amarillas flotaban
como los peces muertos.

Sólo me acompañó a la playa el crepúsculo.
Agua color de mar,
piedras como olas.
Por todas partes
las infinitas hojas caídas.

La isla y yo éramos
hojas también y nunca lo supimos.


Como colofón, añado un escrito propio, presentado en The Clipperton Project, con el fin de compartir una expedición personal, en mi caso de corte introspectivo, a ese tema fascinante e infinito:

Islas personales
Un nesófilo es un apasionado por las islas, por esa imagen geográfica que en sí misma incluye tantas características, como infinitos universos hay. Las características más comunes en la analogía de las islas son la soledad, el placer, la nostalgia… No sólo lo he leído, también creo que las personas somos islas, pequeños mundos que con otros afines, a modo de archipiélagos, alcanzamos la conjunción. Últimamente me he dado cuenta que siempre hay nuevos nesófilos por llegar a la vida personal y también isleños de raíz por conocer, que nos guiarán para reorientar nuestros pasos, nuestras palabras. Las islas unen.
Otro nesófilo como yo, el biólogo Pedro Garcillán, escribió sobre las posibilidades que las islas nos brindan para impulsarnos a caminar siempre un poco más allá. A esa idea, yo añadiría que las islas, como universos personales también nos motivan a ir mar adentro, en las propias venas, a trazar esa cartografía sentimental interior que a veces nos negamos a delinear. Cuando nos atrevamos a asumir ese boceto en una obra más plena, encontraremos otros corazones insulares, que en alguna parte del mundo exterior, confluirán en la misma expedición, la que nuestros pasos alcanzarán en alguna coordenada.


La Graciosa, Islas Canarias

miércoles, 11 de septiembre de 2013

¿Islas imaginarias? (parte II)

Era el año 1542, tiempo de los viajes de exploración del denominado “Nuevo mundo”. En las inmediaciones de la isla Clarión, la más alejada de las actuales Revillagigedo, el navegante Ruy López de Villalobos registró la existencia de “un grupo de islas” que llamó de Coral. De acuerdo con los análisis geográficos y documentales e incluso considerando un margen de imprecisión en la información registrada en distancias y rumbos, en esa zona, la única isla que se encuentra en la actualidad es Clarión.
En ese viaje de López de Villalobos que continuó a inicios de 1543 con rumbo al poniente, el explorador declaró el hallazgo de diez islas a las que denominó “De los Jardines”, de las cuales no hay siquiera rastros en los mapas contemporáneos.




La información anterior proviene de un capítulo de libro escrito por Miguel González Avelar (en Cartografía histórica de las islas mexicanas, coordinado por Martín Reyes), reconocido investigador del derecho y la historia de algunas islas mexicanas o que le fueron arrebatadas a nuestro país, como el atolón Clipperton.

Otros estudios históricos que refieren a las navegaciones de López de Villalobos sitúan a los archipiélagos antecitados en pleno rosario de las islas de Oceanía, específicamente en las actuales islas Marshall, debido a la coincidencia de latitud, no así de longitud, en teoría más próximas a la costa de México que a la de Asia. La propia Wikipedia sitúa las islas de los Corales en las actuales Enewetak y Ulithi (Oceanía), la primera de éstas fue escenario de pruebas nucleares norteamericanas a mediados del siglo XX con la consiguiente devastación de su naturaleza original.
Volviendo a la incógnita de que esas islas no coincidieran con algunas de las islas Marshall, que alejadas en tiempo y espacio de las mexicanas Revillagigedo, difícilmente habrían sido alcanzables en pocos días de navegación con la tecnología de aquel momento, cabe destacar que, de entre las hipótesis planteadas por González Avelar es muy probable la desaparición de estas islas en una zona de amplia actividad geofísica, cerca de la “fractura de Clarión”.
Para investigar la posible verificación de islas coralinas o rocosas que se hayan desplomado en la soledad del Pacífico central, entre las Revillagigedo y Hawai se requerirían estudios geológicos, geofísicos u oceanográficos muy específicos. Un planteamiento es que cabe la posibilidad de generación o destrucción de islas en zonas desoladas del océano, y esa vinculación principalmente se debería a la actividad interna del planeta, meramente geológica.
Desprendido de lo anterior, cabe destacar que además del registro histórico, es deseable enfatizar, no la recuperación de lo perdido, sino la valoración de lo propio.
Me viene a la cabeza el caso de la isla Bermeja, en el otro litoral de nuestro país: en el Golfo de México. Se habló en octubre de 2008 de un caso del posible colapso de esta isla por parte del gobierno estadunidense con motivo de la ambición por el petróleo de los llamados “hoyos de dona” en la zona de mayor productividad y explotación de hidrocarburos en la frontera oceánica entre México y el vecino del norte. El senado mexicano prestó importancia a esa isla con motivos de un posible desplazamiento de la línea de soberanía mexicana en caso de que se comprobara su localización próxima a la península de Yucatán, como indicaban algunos mapas antiguos del siglo XVI y catálogos de islas del siglo XIX. Paradójicamente fue hasta 1997 cuando el gobierno mexicano se dio cuenta de que la isla “ya no se encontraba” físicamente, pero hasta once años después salió a colación, si bien en 1946 un compendio geográfico de islas de Manuel Muñoz Lumbier señalaba lo siguiente:
 
"BERMEJA. Esta isla se encuentra marcada en las cartas antiguas y todavía se le asigna la posición en lat. 22º33' N. y 91ª22' W. de Greenwich, 27 millas al N. un cuarto W. de Cayo Arenas, pero a pesar de ello su existencia es dudosa."



Pasaron 467 años desde el registro legendario de Ruy López de Villalobos en el Pacífico y 63 años desde que Muñoz Lumbier había puesto en tela de duda la existencia de otra isla en el Golfo de México… En 2009 se pusieron “manos a la obra”, en la búsqueda de la citada isla Bermeja, por una comisión científica multidisciplinaria que presidió la UNAM mediante siete de sus entidades, entre ellas los institutos de Geografía y de Ciencias del Mar y Limnología. Tras un análisis histórico y cartográfico, en marzo de ese año, se realizó un crucero en el buque “Justo Sierra” que, reforzado con estudios de la batimetría mediante ultrasonido y el complemento de un levantamiento aéreo, concluiría la inexistencia de la isla y de cualquier rastro bajo la columna de agua, en la zona circundante a las coordenadas antecitadas.
Con la información anterior se confirma que hay espacios que aun siendo registrados por el hombre sea por imaginación, percepción engañosa o verdad temporal, pueden convertirse al paso del tiempo en incógnitas, pero en el caso de México, se ha debido sobre todo al olvido y la falta de interés en confirmar y defender lo propio, al menos en cuanto a territorio insular se refiere. Con esta compilación de datos, no se trata de engrandecer la ficción, sino subrayar que más allá de buscar incansablemente lo que se supone perdido, es deber de un país valorar lo que tiene, un buen comienzo es difundir esa riqueza geográfica, histórica y humana, si cabe.
En materia de islas, se perdieron como parte del territorio nacional el archipiélago del Norte, frente a California en favor de Estados Unidos en el siglo XIX y la isla Clipperton en favor de Francia en el siglo XX, además se presume la posible desaparición de las islas del Coral y los Jardines en el Pacífico así como la isla Bermeja en el Golfo de México.
Respecto a lo anterior, serían pertinentes algunos cuestionamientos ¿Qué pasa con nuestras decenas de islas tangibles? ¿Basta la política conservacionista para creer que se les ha dado la importancia merecida? ¿Es necesario que nuestras islas se conviertan en penales o en centros turísticos para prestarles atención? ¿Cuántos mexicanos que viven en la zona continental de México conocen la existencia y realidad de los isleños del país?




FUENTES
* González Avelar, Miguel (1992) “Islas de Coral y los Jardines”, en: Reyes, Martín [coordinador]. Cartografía histórica de las islas mexicanas. México: SEGOB.
* Muñoz Lumbier, Manuel (1946). Las islas mexicanas. México: Secretaría de Educación Pública  (Biblioteca Escuela Popular, 117), p.110.
* Ortuño, José María (2005). “La expedición de Ruy López de Villalobos a las islas del Mar del Sur y de poniente. Estudio histórico-Jurídico”. Anales de Derecho. España: Universidad de Murcia. pp. 249-292.
* Méndez, Enrique y Roberto Garduño (2009). “No encuentran la isla Bermeja”. La Jornada. Sección: Política. 24 de junio de 2009, p.16. Consultado en línea: 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Islas, silentes centinelas de los mares mexicanos

Y así…
En el horizonte mismo de nuestra imaginación, se encuentra el otro México. El que no conocemos porque –alejado-, está formado por pequeños territorios que nacieron de la entraña sumergida de la Patria y por lo tanto, a ella pertenecen. El México insular que está bañado por las aguas de todos los mares que hallan en sus orillas un momento de reposo antes de continuar en el largo itinerario que les marcan las corrientes y los vientos.
Al pasar sobre el Caribe, el sol tropieza con la sonrisa de las islas afortunadas antes de entrar en nuestro territorio. Y cuando se aleja, para perderse en el océano, otras islas de vastos archipiélagos, le dirán adiós. Ellas representan con sus nombres sonoros –Socorro, Clarión, Roca Partida- la avanzada lejana y vigorosa de México para afirmar su vecindad con la otra orilla de la Cuenca del Pacífico.


Esas islas que se cuentan por centenas y en su mayoría conservan su hálito atrayente del misterio, constituyen tal vez la última frontera que habremos de conquistar. Ya no en el combate heroico de los tiempos pasados por edificar una nación y defender una causa y una idea. Se trata ahora de una acción más difícil, pero igualmente trascendente y perdurable. Al cabo de largas luchas por afirmar la soberanía del país sobre los territorios emergidos que rodean al macizo continental de México, y reconocida ésta plenamente en un mundo con contornos definidos, debemos incorporar al patrimonio insular en nuestros planes globales de desarrollo. Tal es a un tiempo, la meta y el desafío.
Cada isla tiene su vocación y su destino. Múltiples y diversas, las islas de México no son un todo genérico que pueda recubrir un espacio geográfico homogéneo. Por su historia, su entorno físico, su clima y su biodiversidad, cada una es individual y diferente, aunque todas tengan ese fulgor colectivo de encanto irreal y remoto, cercano únicamente a nuestra propia fantasía.
Las hay de origen volcánico, con relieve atormentado por las convulsiones telúricas que les dieron origen. Pocas conservan actividad; si acaso allá en las Revillagigedo, el aliento azufroso que desde muy lejos se percibe, denuncian la existencia de cráteres convulsionados por materias ígneas. Son la excepción. En la mayoría, los viejos boquerones son ahora albergos para que las aves marinas cumplan con los ritos ancestrales que les impuso la naturaleza. Otras, en el Caribe, coronadas a veces con palmeras para sombrear las playas deliciosas, son producto de la acumulación de corales que con cierta timidez, emergieron de las aguas y a veces, cuando la mar se enoja, vuelven a ser recubiertas hasta que se calman los malos humores. Y están también los cayos, las rocas emergidas, los bajos y médanos que atraen únicamente al marino que conoce las aguas y sabe cómo conducir su embarcación con serenidad y timón firme.
Todas ellas esperan la mano del hombre para poderse transformar e incorporarse así al progreso de México. Algunas se volverán sitios exclusivos para quienes aspiren a un rato placentero de evasión y descanso. Otras, simplemente seguirán cumpliendo su misión de guías para la navegación o refugios privilegiados que aseguren la continuidad de las especies en paraísos naturales intocados. Pero allá donde parece que se acaba el continente, cuando ya no hay nada sino el mar, aparecen de pronto en el horizonte, en el sitio eterno de destino que el dedo de Dios escribió, esas islas, silentes centinelas de los mares mexicanos.


Fuente:
Maldonado, Víctor y Enrique Franco (1993). Islas, silentes centinelas de los mares mexicanos. México: Secretaría de Gobernación. pp. 231-233.


martes, 22 de enero de 2013

¿Islas imaginarias? (parte I)

Si bien este blog ha surgido con la inquietud de dar a conocer información sobre algunas de las islas habitadas de México, desde el post anterior ha habido un impasse respecto a esa categorización, sin alejarme de la labor de registro y difusión de las islas mexicanas y mucho menos del título del propio blog y la fascinación innegable que encierran, sean visibles o enigmáticas. En el post anterior escribí sin exhaustividad sobre las islas como espacios de la poesía y hoy, sobre la fascinación de aquellas otras, también imaginarias, que desaparecidas o no, merecen una mención para confirmar su naturaleza incógnita.
Hace unas horas volví a ver la película “Una aventura extraordinaria” (Life of Pi, basada en la novela homónima, de Yann Martel, dirigida por Ang Lee y protagonizada por Suraj Sharma y Shravanthi Sainath) la cual me ha generado una serie de reflexiones sobre la delgada línea entre fantasía y realidad, la pequeñez del ser humano ante la majestuosidad e imponencia del mar, nuestra relación con otros seres vivos y el planteamiento y necesidad de la fe en la vida de los humanos.
De entre este cúmulo de información y dentro de ese magnífico guión, hay una escena que me hizo reflexionar sobre las geografías ficticias que caben en la realidad como leyendas. Me refiero a una isla que sirvió de remanso a los protagonistas: Pi, el joven hindú y Richard Parker, su compañero involuntario de navegación en medio del océano Pacífico: un tigre de bengala.


Se trata de una isla ficticia, irreal tanto en los mapas y por los paisajes encontrados ahí. Sin embargo, a pesar de la ficción que pueda encerrar un guión cinematográfico, no sería la primera vez que una historia de esa naturaleza aparece en la imaginación de algún creador.
Efectivamente, como sucede en la novela-película, las corrientes marinas provenientes del sureste de Asia con rumbo al norte, arrastran a las embarcaciones pequeñas hacia el Pacífico tropical, con rumbo a la costa mexicana, de igual manera como ocurría en las embarcaciones de la Nao de China, con escala en Filipinas y luego en Acapulco, durante la etapa virreinal de la Nueva España.
Fue precisamente en ese tiempo de navegantes y descubridores, cuando se registraron en el Océano Pacífico los nombres y ubicaciones de ciertas islas que hoy día no se localizan en donde se supone, deberían encontrarse. Destacan dos archipiélagos: las islas del Coral y las de los Jardines, presumiblemente próximas a las actuales Revillagigedo. ¿Dónde se encuentran ahora? ¿Existirían para desaparecer después bajo el océano? ¿Fueron visibles sólo en la mente e imaginación de algunos descubridores? ¿Alguien ha escuchado algo similar sobre otra supuesta isla denominada “Bermeja” en el Golfo de México?
Lanzo esas preguntas al aire (y al “ciberespacio”) para neófitos, nesófilos y humanistas fantasiosos…




jueves, 30 de agosto de 2012

Poesía insular

Las islas como símbolo geográfico han influenciado a todas las manifestaciones artísticas. Hay islas reales en la literatura y la poesía, muchas más que se han creado y han trascendido la imaginación humana.
Rachel Carson dice que las islas siempre han fascinado al espíritu humano, acaso por la reacción instintiva del hombre, ser terrestre al fin y al cabo, que siempre da la mejor acogida a estas intrusiones de las tierras en la extensión inacabable del mar.
Este blog fue pensado en principio para difundir información sobre las islas mexicanas, para generar alguna conciencia sobre su existencia, confirmar su realidad y su constante actualidad, a pesar de que sean un tema marginal en la producción científica y social en lengua española.


En esta ocasión abro un espacio para hablar de otras islas, aquellas que han sido creadas en la mente de poetas mexicanos, que emergieron mediante palabras y que son reales gracias al lenguaje.
José Emilio Pacheco, a pesar de nacer y desarrollarse en la ciudad de México, pleno bastión de un país centralista (“el ombligo del mundo” de los mexicas), cada vez más urbano, poco litoral, demasiado continental, escribe un poema insular, “Costas que no son mías”.

De la isla conozco el olor, la forma
y la textura de la arena.
Sé que no pertenezco a ella
pero la siento mía por derecho de amor.
La isla es del mar.
No voy a disputarla.
Simplemente
le dejo aquí el más humilde homenaje.



Las palabras de Pacheco parecen inspiradas en una tierra real pero sin nacionalidad, mientras que los renglones que escribe Francisco Hernández (oriundo de San Andrés Tuxtla, Veracruz), son para una “Isla de las breves ausencias”, más metafórica.

El mapa de la Isla abre los ojos,
se desenvuelve con calma por la casa
y ante la imposibilidad de perderse, inicia
su trayectoria por el mundo real.
Tropieza y muestra sus desiertos,
su brújula disminuida
por los vientos, su cetáceo azul descrito
por bucaneros, más tarde puesto a secar
entre dragones ideados
para guardar leyendas.
El mapa. Ser que se delinea contra las paredes
y sobre el paladar de quien no ha llorado nunca,
ni ante la vida ni ante la muerte.
El mapa de Dios y dentro de él,
el mapa de la plenitud
y el mapa del vacío.
El mapa ahogado dentro del niño ahogado
y el mapa que traza callejones
en los hospitales
El mapa de seis cabezas, dos colas
y cinco continentes
El de papel secante caído del cielo
y el de seda, bordado con chaquiras.
El mapa cuya misión es impregnarse de ecuadores
y el que se vuelve antártico tras el derrumbe
de una montaña de ladrillos.
El mapa de los asesinos despreciables
y el de los envidiables enamorados. O a la inversa.
El mapa con ríos de sílabas
y el que nació con un número ilimitado de mojoneras.
O a la inversa
El mapa de la imantación más poderosa
y el que a diario debo rescatar
de los monos que pretenden robárselo.



Me parece curioso haber encontrado en un hombre de la región de los Tuxtlas (donde curiosamente están mis raíces paternas) una analogía hacia dos temas que me fascinan particularmente: la insularidad y la cartografía, esa expresión artística y científica que ha tratado de asir al papel la territorialidad humana, desde la fantasía que generaba la incógnita en un mundo incompleto, hasta la representación y búsqueda de la precisión. Quizá esa herencia la compartamos varias personas no por genética, sino por sensibilidad e inquietud hacia el mundo.

Quiero terminar con las palabras del biólogo Pedro P. Garcillán, quien ha expresado que las islas, a pesar de su separación física, de su aparente desprendimiento, han cumplido una función en la mente de quienes nos hemos sensibilizado por ellas.

El hombre siempre ha sentido fascinación por las islas, y con frecuencia, las islas, como los deseos, nos han habitado antes de alcanzarlas. Nuestra imaginación llega a la orilla antes que nuestros pies, y cuando al fin tocamos tierra, lo hacemos ya habitados por la isla.
Su carácter de espacio más allá, de otredad, de incógnita, nos ha imantado poderosamente. En islas imaginarias hemos construido geografías externas, viajes interiores, sueños, un archipiélago inacabado de búsquedas.
Las islas, esas utopías que habitan dentro y fuera de nosotros desde largo tiempo, nos han estimulado a caminar, siempre un poco más allá.