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viernes, 27 de julio de 2012
Riesgos por inundaciones en Isla del Carmen, Campeche
Situación e importancia geográfica
De entre los espacios insulares de México, la isla del Carmen en el Golfo de México es la más significativa a nivel nacional por albergar a la mayor población isleña de nuestro país (221 mil 94 habitantes en el año 2010). Es también importante por su contribución a la economía debido a su ubicación privilegiada frente a la Sonda de Campeche, donde se ubica el 83% de las reservas petroleras y el 33% del gas natural extraído a nivel nacional (Acosta, 1997).
Debido a la presencia del sector petrolero en la región, Ciudad del Carmen se ha convertido en una de las más importantes localidades del sureste del país, siendo la segunda ciudad en importancia del estado de Campeche y la cuarta de la Península de Yucatán.
La vulnerabilidad como justificación para estudios de riesgo
La trascendencia del sector financiero vinculado con las extracciones petroleras por un lado y por otro la persistencia del sector pesquero y las actividades tradicionalmente primarias muestran que la población de Carmen es heterogénea en cuanto al poder adquisitivo, es por ello que se evidencia un sector marginal, consecuencia del crecimiento urbano desordenado, el cual resulta más vulnerable ante las amenazas naturales a las que la región es propensa, como el paso de ciclones tropicales y sus consecuencias directas: lluvias abundantes e inundaciones.
Por su posición estratégica al suroeste de la Península de Yucatán, parecería que la isla queda protegida de las trayectorias típicas de los huracanes del Atlántico tropical. Sin embargo, el calentamiento global y sus primeras consecuencias como el aumento en cantidad e intensidad de ciclones aunados a otros factores como el oleaje y las mareas locales hacen del sistema insular de Carmen un espacio frágil y vulnerable a fenómenos hidrometeorológicos extremos.
Cabe mencionar que la baja topografía de la isla del Carmen y su sustrato favorecen la ocurrencia de inundaciones, en el Nuevo Atlas Nacional de México (2007) se muestra que el municipio de Carmen presenta ocurrencia media a este tipo de fenómenos con un rango de 6 a 18 inundaciones entre 1970 y 2004. Por los factores anteriores se hace necesario realizar un estudio de riesgos por inundación en Isla del Carmen que resulte benéfico a su población.
La amenaza: un evento inmediato
Como ejemplo de lo expuesto anteriormente se puede mencionar el evento registrado el 21 de agosto de 2007 en el que el paso del huracán Dean, debilitado a categoría 1 a su paso frente a la isla en la Sonda de Campeche originó copiosas lluvias de más de cuatro horas, las que, reforzadas por el efecto del viento dirigido de mar a tierra favorecieron la subida de la marea y la crecida del nivel debido al detenimiento del escurrimiento normal de agua.
En los reportajes de prensa nacionales consultados en diversos diarios se encuentra poco seguimiento de la noticia a pesar de que ésta fue una de las localidades más afectadas. Se mencionan un saldo blanco en vidas humanas y daños a la agricultura (pérdidas de 100,000 hectáreas de maíz, mamey, plátanos, hortalizas, caña de azúcar, chile, cítricos) y ganadería locales, a infraestructuras y un posible número de damnificados (16 mil), pero es notoria la acentuación sobre las pérdidas económicas que se dejaron de percibir por extracción petrolífera en los cuatro días que duró la contingencia (150 millones de dólares por día) y en la que se evacuaron 18 mil trabajadores de las plataformas ubicadas en la Sonda de Campeche frente a la isla del Carmen.
Habría que cuestionar si las pérdidas se consideran como tal a pesar de que el recurso siga permaneciendo en las reservas; es quizá más bien un comentario incisivo sobre la triste realidad mexicana de la dependencia sobre el crudo y su monoexportación que aún sostiene la economía y cuyo paro unos días da idea de la falta de preparación del país para enfrentar el mal aprovechamiento del recurso traducido en un saqueo y en excesiva confianza sobre su explotación en un plazo de apenas tres décadas.
Lo cierto en este evento es que cerca del 70% de la población de la isla se vio afectada en alguna medida por la crecida de hasta un metro en las partes más bajas de su topografía de por sí llana. Fueron 14 las colonias severamente afectadas tras permanecer dos días bajo el agua, de entre las cuales, seguramente muchas albergaban a la población marginada, con bajos recursos y viviendas carentes de seguridad.
Ante las experiencias anteriores del fenómeno, las acciones fueron cortar el suministro de energía eléctrica en toda la isla para evitar accidentes y desalojar el agua de la zona urbana con bombas enviadas por la Comisión Nacional del Agua que trabajó en conjunto con las brigadas de protección y del Ejército mexicano esperando la bajada de la marea, que impedía el escurrimiento adecuado.
Además de las precauciones anteriores cabe mencionar que las inundaciones pueden originar problemas dérmicos y oftalmológicos, brotes de enfermedades transmitidas por agua y alimentos contaminados y enfermedades transmitidas por vectores. No existen reportes o estadísticas públicas al respecto de este evento en Isla del Carmen a pesar de que seguramente hubo afectaciones a la salud de la población.
El medio físico de Carmen como favorecedor de inundaciones
Para lograr establecer una zonificación del riesgo por inundación en la isla del Carmen a través de cartografía es necesaria una descripción de su medio físico, pues las características meteorológicas y del sustrato son fundamentales para establecer una tipificación cualitativa sobre la posibilidad de afectación en caso de ocurrencia.
En primer término se debe saber que la isla del Carmen es un espacio insular de barrera pues separa la laguna litoral de Términos del mar abierto (Golfo de México). La cabecera municipal, Ciudad del Carmen está ubicada en la parte occidental de la isla (entre 18°37’10” y 18°39’32” de latitud N y 91°46’07” y 91°50’22” de longitud W) la cual es el principal centro urbano del sistema fluviolagunar de Términos.
Al sur de la ciudad existen una gran cantidad de esteros que presentan azolvamiento y han sido rellenados para albergar a más población. Esta zona está considerada de alto riesgo ya que es susceptible a inundaciones cuando la marea alta alcanza más de 95 cm (Acosta, 1997).
El relieve de la isla es plano con ligeras ondulaciones producidas por acumulación de arenas acarreadas por tormentas y por el rompimiento de olas de la playa, tan llano que en la cartografía topográfica en escala 1:250,000 las curvas de nivel son inexistentes.
La línea costera de la isla que da hacia la laguna es pantanosa de manglar, área llana que queda inundada durante la marea. Las unidades geológicas son sedimentarias calcáreas del cuaternario y se distribuyen tres tipos de suelo: palustre, lacustre y litoral, mientras que los suelos son de dos tipos: regosol cálcico en el norte y solonchak órtico y mólico en el sur y oriente, vinculados, éstos últimos, con las zonas de manglar.
La precipitación media varia de 1000 a 1200 mm de mayo a octubre y de 350 a 400 mm de noviembre a abril en toda la isla, es decir mayor a 1500 mm anuales, siendo una de las zonas más lluviosas el oeste donde se encuentra Ciudad del Carmen.
Por su parte, el coeficiente de escurrimiento en la isla va del 5 al 20% en distintas regiones, es decir, que es el porcentaje de agua precipitada que escurre, drena o se acumula superficialmente de acuerdo a la permeabilidad de la roca. En el caso de la caliza la permeabilidad es alta.
Zonificación del riesgo
De acuerdo con Aragón (2005) la identificación de áreas propensas a inundación implica la evaluación geomorfológico fluvial apoyada en fotografías aéreas, imágenes de satélite, análisis de curvas de nivel (altura relativa), análisis del uso de suelo y vegetación y de ser posible un complemento con análisis textural (muestreo en campo) y análisis hidrológico (estadístico).
En el caso de inundaciones asociadas a ríos, las áreas más propensas se localizan en la llanura fluvial (Aragón, 2005), sin embargo para el caso de Isla del Carmen se debe considerar su condición insular con corrientes apenas intermitentes y su situación de isla de barrera. En este caso influyen más bien la topografía (depresiones), el tipo de sustrato (permeabilidad) así como la influencia de las mareas en el sistema lagunar y marítimo. En las zonas oriente y meridional de la isla, la presencia de suelo solonchak y la vegetación de manglar son aspectos que unidos al coeficiente de escurrimiento (del 10 al 20%) indican la presencia de inundaciones constantes no sólo como condiciones sino como parte del equilibrio del ecosistema.
A partir de la consulta cartográfica se realizaron dos pasos para la generación de un mapa de riesgos por inundación:
a) La consulta bibliográfica sobre los aspectos ubicados en los mapas de Isla del Carmen, es decir, la búsqueda de conceptos y características concretas de ese medio físico para poder hacer un diagnóstico fundamentado.
b) La sobreposición de capas de los mapas existentes, es decir, conjunción de las variables del sustrato (geología, edafología y uso de suelo-vegetación) con la hidrología superficial.
Al carecerse de cartografía y datos sobre comportamiento oceanográfico local en la zona circundante a la isla del Carmen, el mapa que se logró realizar responde a riesgos por inundaciones causadas por precipitación sin tomar en cuenta la marea como variable fundamental, sin embargo el esbozo expuesto es un primer intento por delimitar, de entre la superficie de la isla, las zonas más propensas al fenómeno.
Fuentes consultadas:
Bibliografía:
--> Acosta López, Lourdes (1997). Una perspectiva espacial de la marginalidad urbana en Ciudad del Carmen, Campeche (1996). Tesis de licenciatura en Geografía. México: Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
--> Aragón González, Rafael (2005). Geomorfología fluvial en el curso bajo del río Pánuco: identificación de áreas propensas a inundación. Tesis de licenciatura en Geografía. México: Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
--> Carrascal, Eurosia e Israel Baxin. “Hegemonía de los servicios en la Península de Yucatán, 1980-2003” en: Garza, Gustavo (2008). Evolución del sector servicios en ciudades y regiones de México. El Colegio de México [en prensa]
--> Salinas Chapa, Diana (1974). Estudio geográfico del mar de la región de la Isla del Carmen, Campeche. Tesis de licenciatura en Geografía. México: Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
Cartografía:
--> Dirección General de Geografía (1983). “Carta geológica”. Ciudad del Carmen. E15-6. Escala: 1:250,000. México: Secretaría de Programación y Presupuesto.
--> Dirección General de Geografía (1983). “Carta Hidrológica de aguas superficiales” Ciudad del Carmen. E15-6. Escala: 1:250,000. México: Secretaría de Programación y Presupuesto.
--> Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1985). “Carta edafológica” Ciudad del Carmen. E15-6. Escala: 1:250,000. México: INEGI.
--> Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1998). “Carta topográfica” Ciudad del Carmen. E15-6. Escala: 1:250,000. México: INEGI.
--> Oropeza, Oralia et. Al. (2007) “Frecuencia de inundaciones por municipio. 1970-2004.” en: Nuevo Atlas Nacional de México, clave NA-XIV-3, escala 1:8,000,000. México: Instituto de Geografía, UNAM.
domingo, 1 de enero de 2012
El contexto insular de México

Se dice que México vive de espaldas al mar, metáfora certera y dolorosa considerando su excelente posición geográfica entre el Océano Pacífico al occidente y el Golfo de México y Mar Caribe al oriente, que bañan 11,000 km de su litoral con aguas tropicales y templadas, a pesar de ello, la realidad de México es de un país más continental que marítimo en diversos aspectos como la alimentación, las actividades económicas o el uso de transportes.
La situación de vida de la mayoría de los mexicanos, casi enteramente continental, recae en el descuido hacia sus islas, lo cual se refleja en un conocimiento casi inexistente y disperso, situación que ha condenado históricamente a nuestras islas a ser territorios ignorados a nivel general e institucional. Ni siquiera se tiene la claridad concreta del número de islas pertenecientes al país.
El primer inventario nacional de islas (“Islario”) fue elaborado por Antonio García Cubas en 1900, quien registró 342. Manuel Muñoz Lumbier reportaba en 1946 la existencia de 275 islas, muchas menos que García Cubas. Conforme avanzó el siglo XX y se hicieron estudios más sistemáticos sobre los espacios insulares, la información cambió y el número de islas ha reportado cada vez, una menor cantidad. Así, la Secretaría de Marina en 1979 indicaba la existencia de 198 islas mexicanas, 49 en el Atlántico y 149 en el Pacífico, con una extensión de 5,365 kilómetros cuadrados y en 2009 la Secretaría de Gobernación dio a conocer que oficialmente se han identificado y considerado 238 islas que suman 5,918 kilómetros cuadrados.
La cuantificación de las islas, para determinar su número y evitar vaguedades es importante aunque no fundamental para valorarlas, pero es más importante darlas a conocer en sus características y cualidades, lo cual puede ser el punto de partida para su difusión.
Los espacios insulares de México son territorios ricos en posibilidades pero olvidados o poco tomados en cuenta, algo contradictorio y ambivalente. La historia de México no dejará mentir a sus estudiosos sobre el papel trascendente que tuvieron las islas como puntos de partida para las exploraciones hispanas en el “Nuevo Mundo” y en la Nueva España.
La información referida a las islas de México es escasa y en ocasiones contradictoria. Al consultar diversas fuentes bibliográficas que tratan sobre los espacios insulares de México, pueden encontrarse irregularidades y falta de actualización, a pesar de tratarse, en algunos casos, de fuentes oficiales como los catálogos recopilados por la Secretaría de Marina, la Secretaría de Gobernación o el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el cual reportaba en 1981 en un catálogo provisional 3,067 elementos emergidos en la Zona Económica Exclusiva aunque 2,700 de ellos carecían de nombre y no se especificaba cuántas eran islas. Tiempo después al hacer análisis de esta cantidad tan dudosa se supo que muchas islas y otros cuerpos emergidos fueron contabilizados más de una vez o denominados de forma errónea
No existe una concordancia de una fuente a otra entre algunos datos importantes del territorio insular, como la posición precisa, la extensión total, el número de islas, mucho menos los recursos con que cuentan o la población que las habita. 18. Incluso se estima que México cuenta con más de 2,800 cuerpos insulares entre islas, islotes, cayos, arrecifes y rocas que emergen en las aguas nacionales.
Del total de islas pertenecientes a México, la mayor parte, en cantidad y en extensión, se ubican en el Océano Pacífico. Del 100% de la superficie insular total, 20 islas abarcan más del 90%, de las cuáles las cinco más extensas suman el 59% y las 10 mayores el 75% de la superficie insular.

De entre las islas mexicanas, algunas han tenido mayor trascendencia como podrán comprobarse en el desarrollo de la historia y la demografía nacionales. La isla del Carmen, en el Golfo de México, es la más significativa a nivel nacional por albergar la mayor población isleña de nuestro país (169,725 habitantes en el año 2010). Carmen es también importante por su contribución a la economía debido a su ubicación privilegiada frente a la Sonda de Campeche, donde se encontraron grandes yacimientos de petróleo y gas natural, y su explotación ha sido importante a nivel nacional los últimos años. Debido a la presencia del sector petrolero en la región, Ciudad del Carmen se convirtió en una de las más destacadas localidades del sureste del país, siendo la segunda ciudad en importancia del estado de Campeche y la cuarta de la Península de Yucatán. Isla del Carmen fue denominada “Txis” por los pobladores indígenas que la habitaron hasta la Conquista, fue nombrada más tarde Aguada e Isla Triste por los españoles. Respecto a su estatus político hay un dato curioso que la mayoría de los mexicanos seguramente desconoce, es la siguiente, a mediados del siglo XIX, Isla del Carmen fue una de las 28 entidades mexicanas, con la categoría de territorio, como Baja California, Colima o Tlaxcala, por lo que ha sido la única isla mexicana con una categoría política similar a la de las entidades federativas, tal estatus permaneció solo cuatro años (1853-1856). Después de ese tiempo se anexó al estado de Campeche. Actualmente en Carmen se desarrolla una diversidad de actividades económicas como agricultura, ganadería, pesca, extracción petrolera, actividad portuaria, industria y de servicios.
En el litoral del Golfo de México y Mar Caribe, otras islas con asentamientos indígenas significativos fueron Mujeres, Holbox y Cozumel en territorio maya, Blanca y Sacrificios en el territorio actual de Veracruz. En el litoral del Pacífico, Tiburón, Espíritu Santo y Cedros fueron islas que estaban habitadas a la llegada de los europeos, por indígenas seris, pericúes y cochimíes respectivamente. En tiempos recientes ciertas islas del Pacífico que cuentan con poblaciones importantes son Magdalena (pescadores), Santa Margarita (Armada de México) y María Madre (penal federal).
De la isla Cozumel, en el Mar Caribe, cabe mencionar que albergaba una población de 79,535 habitantes en el año 2010. No se tienen evidencias de su poblamiento antes de 1849 y es en ese año que se funda la localidad, pasando de un sostén agrícola y de explotación del chicle en el siglo XIX a ser uno de los puntos más significativos del turismo de la denominada Riviera maya en la actualidad. Es junto a isla Mujeres (12,642 habitantes en 2010) uno de los municipios del estado de Quintana Roo, esta condición política y el turismo les ha permitido un mayor avance económico, semejante al de isla del Carmen; estas tres islas reciben gran atención y una fuerte asignación en su presupuesto, a diferencia del resto, que se encuentran en descuido por los gobiernos federal y estatal.
Se puede afirmar que la población isleña es muy poca en México en un sentido proporcional pues equivale a 0.003% de los habitantes de la República Mexicana, porcentaje bajo numéricamente hablando pero alto en lo que se refiere a su significado.
Los isleños se ubican sobre todo en tres islas del Golfo de México y del Mar Caribe: Del Carmen, Cozumel y Mujeres (sumaban 243 mil habitantes en el año 2000 y 313,271 en el 2010), siendo la actividad petrolera, en la primera isla, y el turismo en las restantes, actividades que mantienen una población creciente en esos casos, tales islas conjuntan más del 80% de la población isleña del país. Mientras que en el Pacífico los asentamientos más importantes están en Isla de Cedros e Isla María Madre, que conjuntaban 4,830 habitantes en el año 2010.
Los espacios insulares en el Pacífico mexicano son los que han tenido una menor influencia humana por su inaccesibilidad o por las condiciones difíciles para poder sostener asentamientos en sus superficies, pero al mismo tiempo, el hecho de su situación como espacios remotos, les ha brindado una gran riqueza potencial en recursos naturales que significa un patrimonio para los mexicanos, quienes paradójicamente ignoran esta realidad.

Fuentes de consulta:
- Baxin, Israel (2010). La isla de Cedros en el contexto insular del Pacífico mexicano: un estudio de geografía cultural. Tesis de licenciatura en geografía. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.
- Cabada Huerta, Marineyla (2007). El Territorio Insular de México. México: Cámara de diputados LIX Legislatura (Serie Amarilla, Temas políticos y sociales).
- Hermosa, Jesús (1857). Manual de geografía y estadística de la República Mejicana. París: Librería de Rosa, Bouret y Cía (Enciclopedia popular mejicana).
- Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1990). Catálogo de islas y arrecifes. México: INEGI.
- Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (2011). Censo de población y vivienda 2010. México.
- Méndez, Miguel Ángel (1990). “Las islas mexicanas: importancia económica, régimen jurídico y proyecciones internacionales” Revista mexicana de política exterior. No. 28, Otoño 1990. México. pp. 33-39.
- Quiroz, Carlos (2009). “Robinson habita 2 islas mexicanas”. Excelsior, 12 de abril de 2009. México
- Secretaría de Gobernación y Secretaría de Marina (1987). Islas mexicanas (régimen jurídico y catálogo). México: SEGOB – SEMAR.
- Vázquez Trujillo, Astrid (1994). La computación aplicada a la geografía: inventario de islas de México. Tesis de licenciatura. México: UNAM, Facultad de Filosofía y Letras.
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domingo, 30 de octubre de 2011
Una analogía entre islas y pueblos indígenas de México
¿Qué importa estar lejos, si ya nos han olvidado?
¿Importan mis pasos en este mundo olvidado?
“Olvido” - Rita Guerrero.
El origen del nombre de México (Mexihco, “en el ombligo de la luna” o “el centro del lago de la luna”) se vincula con la configuración del eje cultural y político de Tenochtitlan: el islote que se encontraba en medio de la esplendorosa región lacustre donde vivían los mexicas, del cual parece, con el paso del tiempo, nada queda, ni su configuración geográfica ni el recuerdo del germen que diera identidad onomástica a todo un país.
Tras quinientos años del esplendor mesoamericano y a inicios del siglo XXI, con una larga historia detrás para la construcción de la identidad nacional, en México se han dejado de lado a los pueblos indígenas como orgullo del origen, pues la marginación y el rezago en el que se encuentran a nivel social son consecuencia de una negación histórica sobre la aportación que sus distintas culturas han otorgado al país.
Así como los archipiélagos son discontinuidades territoriales de islas en el océano, los grupos indígenas de México parecerían archipiélagos demográficos en el país pues actualmente sólo tienen una presencia parcial en el territorio y no mayoritaria como ocurrió durante de la época prehispánica.
Los pueblos indígenas de México guardan una esencia primigenia de la cultura y del territorio, frente al mestizo promedio parecen desconocidos, incluso exóticos. Por su parte, la isla, a nivel geográfico, es una porción territorial de aparente sencillez, que causa fascinación al visitante, dadas las peculiaridades y endemismos naturales que puede contener. Ambas entidades se encuentran en vulnerabilidad (social en el primer caso, ambiental en el segundo) pues una valoración menor o carente ha permitido que el descuido e incluso el olvido, les exponga a un riesgo constante a nivel natural y cultural.
Varias islas mexicanas estuvieron ocupadas por poblaciones indígenas antes de la llegada de los exploradores españoles, aunque en algunos casos, sus habitantes fueron diezmados o integrados a las porciones terrestres más cercanas. Algunos ejemplos son Isla de Cedros, que contaba con un poblamiento importante de indígenas cochimíes (Miguel León Portilla menciona 1200 habitantes durante el primer contacto europeo en 1540, víctimas posteriores de epidemias cuando fueron trasladados a la península de Baja California en el siglo XVIII); isla Espíritu Santo, donde se encuentran evidencias de la cultura pericú, extinta en Baja California Sur; y las islas Tiburón y San Esteban, actualmente las únicas ínsulas vinculadas a una etnia indígena, al ser un espacio sagrado de la cosmovisión comcáac (seri), territorio fundamental de su desarrollo cultural. Las islas mencionadas, al igual que otras, tienen toponimias indígenas asociadas a sus atributos territoriales:

Actualmente las islas mexicanas permanentemente habitadas, se encuentran pobladas sólo por mestizos. En algunos asentamientos isleños donde se depende de actividades económicas tradicionales (sobre todo las pesquerías), hay un modo de vida semejante al de las poblaciones indígenas en cuanto a cierta dinámica comunitaria, donde el usufructo del trabajo es compartido por todos los partícipes e igualmente se ven afectados por los embates de la naturaleza (“el mal tiempo”) pues como señala Joël Bonnemaison (1), una isla tradicional es un espacio finito de comunicación privilegiado donde “el otro” está intensamente próximo en el vínculo social.
La visión del mundo de los isleños quizá tenga una realidad compartida con la de algunos pueblos indígenas pues como menciona Domingo Pérez Minik (2) el isleño percibe tiempo y espacio fundidos, debido a que el aislamiento como segregación y acontecer físico, trasciende a lo espiritual.
Mencionar que en México, las poblaciones isleñas más tradicionales han sido poco estudiadas no es algo novedoso a pesar de que las islas son lugares donde la identidad y el arraigo juegan un papel determinante. Cabe destacar que en las islas, por su situación particular, además de la insularidad natural de sus ambientes, se puede hablar de una insularidad social, aún más acentuada que en sectores demográficos o poblaciones específicas del área continental.
Para algunos geógrafos, como Bonnemaison, la isla como una singularidad amenazada, en el contexto de la occidentalización, enfrenta el dilema de la destrucción o la resistencia. Curiosamente, los pueblos indígenas de México guardan una situación análoga.
La valoración que de las culturas indígenas y de los territorios olvidados, como las islas, a través de los estudios académicos pueda realizarse, es un primer paso para participar en el ejercicio de la justicia a través de la generación de conocimiento como base para la acción y de la inclusión para efectuar el pluralismo. Valorar antes de perder, debería ser una consigna clave en los estudios sociales y humanísticos.
(1) Joël Bonnemaison (1991) “Vivre dans l’île” L’espace géographique 1990-1991. Tome XIX-XX. No. 2. Paris. pp.119-125.
(2) Domingo Pérez Minik (1987). “La condición humana del insular” Aguayro. No. 170 (marzo-abril). Las Palmas: La caja de Canarias. pp. 6-12.

Artículo escrito para la gaceta "Todos somos todo". Núm. 1. Octubre de 2011. México: publicación independiente.
¿Importan mis pasos en este mundo olvidado?
“Olvido” - Rita Guerrero.
El origen del nombre de México (Mexihco, “en el ombligo de la luna” o “el centro del lago de la luna”) se vincula con la configuración del eje cultural y político de Tenochtitlan: el islote que se encontraba en medio de la esplendorosa región lacustre donde vivían los mexicas, del cual parece, con el paso del tiempo, nada queda, ni su configuración geográfica ni el recuerdo del germen que diera identidad onomástica a todo un país.
Tras quinientos años del esplendor mesoamericano y a inicios del siglo XXI, con una larga historia detrás para la construcción de la identidad nacional, en México se han dejado de lado a los pueblos indígenas como orgullo del origen, pues la marginación y el rezago en el que se encuentran a nivel social son consecuencia de una negación histórica sobre la aportación que sus distintas culturas han otorgado al país.
Así como los archipiélagos son discontinuidades territoriales de islas en el océano, los grupos indígenas de México parecerían archipiélagos demográficos en el país pues actualmente sólo tienen una presencia parcial en el territorio y no mayoritaria como ocurrió durante de la época prehispánica.
Los pueblos indígenas de México guardan una esencia primigenia de la cultura y del territorio, frente al mestizo promedio parecen desconocidos, incluso exóticos. Por su parte, la isla, a nivel geográfico, es una porción territorial de aparente sencillez, que causa fascinación al visitante, dadas las peculiaridades y endemismos naturales que puede contener. Ambas entidades se encuentran en vulnerabilidad (social en el primer caso, ambiental en el segundo) pues una valoración menor o carente ha permitido que el descuido e incluso el olvido, les exponga a un riesgo constante a nivel natural y cultural.
Varias islas mexicanas estuvieron ocupadas por poblaciones indígenas antes de la llegada de los exploradores españoles, aunque en algunos casos, sus habitantes fueron diezmados o integrados a las porciones terrestres más cercanas. Algunos ejemplos son Isla de Cedros, que contaba con un poblamiento importante de indígenas cochimíes (Miguel León Portilla menciona 1200 habitantes durante el primer contacto europeo en 1540, víctimas posteriores de epidemias cuando fueron trasladados a la península de Baja California en el siglo XVIII); isla Espíritu Santo, donde se encuentran evidencias de la cultura pericú, extinta en Baja California Sur; y las islas Tiburón y San Esteban, actualmente las únicas ínsulas vinculadas a una etnia indígena, al ser un espacio sagrado de la cosmovisión comcáac (seri), territorio fundamental de su desarrollo cultural. Las islas mencionadas, al igual que otras, tienen toponimias indígenas asociadas a sus atributos territoriales:

Actualmente las islas mexicanas permanentemente habitadas, se encuentran pobladas sólo por mestizos. En algunos asentamientos isleños donde se depende de actividades económicas tradicionales (sobre todo las pesquerías), hay un modo de vida semejante al de las poblaciones indígenas en cuanto a cierta dinámica comunitaria, donde el usufructo del trabajo es compartido por todos los partícipes e igualmente se ven afectados por los embates de la naturaleza (“el mal tiempo”) pues como señala Joël Bonnemaison (1), una isla tradicional es un espacio finito de comunicación privilegiado donde “el otro” está intensamente próximo en el vínculo social.
La visión del mundo de los isleños quizá tenga una realidad compartida con la de algunos pueblos indígenas pues como menciona Domingo Pérez Minik (2) el isleño percibe tiempo y espacio fundidos, debido a que el aislamiento como segregación y acontecer físico, trasciende a lo espiritual.
Mencionar que en México, las poblaciones isleñas más tradicionales han sido poco estudiadas no es algo novedoso a pesar de que las islas son lugares donde la identidad y el arraigo juegan un papel determinante. Cabe destacar que en las islas, por su situación particular, además de la insularidad natural de sus ambientes, se puede hablar de una insularidad social, aún más acentuada que en sectores demográficos o poblaciones específicas del área continental.
Para algunos geógrafos, como Bonnemaison, la isla como una singularidad amenazada, en el contexto de la occidentalización, enfrenta el dilema de la destrucción o la resistencia. Curiosamente, los pueblos indígenas de México guardan una situación análoga.
La valoración que de las culturas indígenas y de los territorios olvidados, como las islas, a través de los estudios académicos pueda realizarse, es un primer paso para participar en el ejercicio de la justicia a través de la generación de conocimiento como base para la acción y de la inclusión para efectuar el pluralismo. Valorar antes de perder, debería ser una consigna clave en los estudios sociales y humanísticos.
(1) Joël Bonnemaison (1991) “Vivre dans l’île” L’espace géographique 1990-1991. Tome XIX-XX. No. 2. Paris. pp.119-125.
(2) Domingo Pérez Minik (1987). “La condición humana del insular” Aguayro. No. 170 (marzo-abril). Las Palmas: La caja de Canarias. pp. 6-12.

Artículo escrito para la gaceta "Todos somos todo". Núm. 1. Octubre de 2011. México: publicación independiente.
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lunes, 3 de octubre de 2011
Faros: los ojos de la noche
Muchas de las islas de México son estratégicas para la localización de faros, como ocurre en otros puntos del litoral. En algunas islas (aunque oficialmente no se consideren habitadas) viven guardafaros, cuya función principal es alumbrar el camino de los navegantes y marineros. Baste este texto como un reconocimiento a la labor que desempeñan, la autoría es de David Martín del Campo, quien recogió una serie de testimonios a mediados de los años 80 del siglo XX.

Los ojos de la noche
Pedro Cruz Martínez se yergue en la hamaca tendida bajo un guamúchil, rasca su robusto vientre y grita sin demasiado esfuerzo: “¡Cúper!”. El perrillo deja entonces de olfatearnos los zapatos, agita el rabo color camello y vuelve con su amo, saltando con pícara maldad entre las mustias plantas de la hortaliza.
- ¡Cúper caracho! ¡Sálgase del huerto! –exclama entonces, ahora sí a punto de enfadarse.
El perro avanza con la cabeza gacha, trota culpablemente sin dejar de abanicar su rabo. El mes pasado murió la madre del Cúper, “una perra que no ladraba ni en defensa propia”, nos explica este moreno oaxaqueño de 51 años. “Yo creo que la envenenaron”.
El “huerto” de Pedro Cruz sin dos matas de chile, unas calabazas agujeradas por los gusanos y tres surcos donde varios tomates asoman como robustos globos a medio inflar. Está enfermo de un mal incurable y su empleo es –desde hace diecisiete años- ser guardafaros de Puerto Escondido.
A las 18 horas, aproximadamente, Pedro Cruz inicia su faena laboral: deja la hamaca de hilos de náilon, entra a la caseta del faro, localiza la caja del interruptor eléctrico, levanta la palanca hasta hacer contacto… y entonces una bombilla de mil watts arroja dos chorros de luz –haces enfocados por un par de lentes de Fresnel- que en casa segundo completan un círculo de 90 km de diámetro… Y como él un minuto antes, el guardafaros Aversio Zavala repitió la operación en el faro de Puerto Madero, y un minuto después Cuauhtémoc Martínez accionará un interruptor semejante en la isla Roqueta, frente a Acapulco, y dos minutos después don Juan Beltrán hará lo mismo en el faro de Crestón, de Mazatlán, y tres minutos después, en la minada playa de Tijuana, Javier Osorio pondrá a funcionar el rotor de otras lentes de Fresnel, junto a la alambrada que linda con la Alta California, mientras allí abajo los incansables indocumentados comienzan a internarse, cobijados por la noche, hacia el norte.
Muchos de los 389 guardafaros que hay en México han enfermado de lo mismo que Pedro Cruz, quien ahora espanta con una vara a los pollos que acaban de invadir su hortaliza. “Esto es más fácil cada día”, nos dice de vuelta en su hamaca que alguna vez fue roja.
“En 1954 las cosas estaban tan malcomo ahora, pero nos quejábamos menos porque no conocíamos la televisión, que hace tan asustadiza a la gente. En el campo me ganaba un peso como peón, no había otra manera de ganar dinero. Yo era amigo de Luis Cárdenas, que vigilaba el faro de Puerto Ángel, y fue él quien me invitó a esto. Nadie quería ser entonces guardafaros; la gente creía todavía que el surco nos aliviaría algún día del hambre. Así que yo, chamaco al fin, le entré a esto. Mi primer sueldo fueron 242 pesos al mes… ahora saco 36 mil 380 quincenales, más despensa y compensaciones; por eso no me quejo. Descansamos cinco días por cada veinte de servicio. Es al principio cuando el farero las pasa más duras. Estuve primero en el faro de la punta Sal Telmo, en Michoacán, como a seis horas de Tecomán en burro, porque entonces no había de otra. De allí me mandaron al Cabo Falso, en la península de Baja California. “¡No señor!” yo decía entonces: “¿qué, yo he matado para estar aquí preso?” Allí fue que me comencé a enfermar como dice mi mujer. Cada mes o cada dos meses llegaba un barquito desde Manzanillo a llevarnos víveres y repuestos. ¿Cabo Falso?, está en la mera punta de la península, donde ahora está San Lucas. Entonces no era nada: un acantilado, piedra, mar y un faro muy importante en el que creí que iba a morirme. A pesar de mi juventud, entonces tendría unos 22 años, me agarró una época de sueño, a todas horas y en todas partes. EL faro aquél era de petróleo gasificado, con un mecanismo de relojería que hacía girar los proyectores. Era una pesa ligada a un cable, como de reloj cú-cú, y cada tres o cuatro horas había que izarla de nuevo para que el haz de luz no cesara sus giros sobre el mar. Inventé un despertador para no dormirme: ponía una tablita equilibrada con una lata, y cuando Lapesa llegaba hasta ella tumbaba la lata y me despertaba, y allá iba. Después vinieron los faros de gas butano, de bombilla eléctrica como éste, y ya anuncian unos destelladores eléctricos más modernos. Estuve luego en Cabo Corrientes, en Salina Cruz y en Puerto Ángel… La verdad los faros son como los ojos de la noche; sin ellos un barco navega como ciego, encalla en los arrecifes a pesar de que esté el disco de la luna. Ésa es nuestra función: ser como los ojos del marinero en la noche. El guardafaros nuevo cambia mucho con el primer año de trabajo… si aguanta. Yo les digo que se lleven sus animalitos, perros, pollos, un perico, una cuerdita y anzuelos para pescar, un radio. Siempre un radio de pilas. La salud es buena porque no se hacen esfuerzos, pero se sufre. Se sufre mucho en lo que tarda uno en acomodarse a la nueva vida. La nueva ley es no abandonar por nada en el mundo su puesto en el faro, así le caigan dos rayos seguidos en una tormenta, luego ocurre. No se hace en realidad nada. La vida física del guardafaros es nada. No enferma por el poco esfuerzo que se hace. Nuestra enfermedad es otra, y después no tiene remedio. A mí ya no me preocupa. Aquí, uno de enferma de tristeza, señor”.

En 1796 se instaló el faro más antiguo del país; el del entonces islote de San Juan de Ulúa, en Veracruz, que por cierto, modernizado, está de nueva cuenta en operación. El faro más antiguo que funciona con su equipo original, es el de la barra de Tampico, en la boca del Río Pánuco; un faro inaugurado en 1881. Existen actualmente 940 señales luminosas en las costas del país: 148 faros, 521 balizas y 271 boyas. La gran mayoría de estos dos últimos tipos de señales operan con sistemas autónomos de fotoceldas, con cargador solar. El gasto eléctrico de estas señales es mínimo (bombillas de 3.5, 1.5 y 0.77 volts, según su ubicación) pero gracias al filtro rojo que cubre esas bombillas, la visibilidad promedio de boyas y balizas oscila entre las 5 y las 15 millas náuticas.
La Dirección de Señalamientos Marinos (de la SCT) vigila constantemente la eficacia de estas señales, ya que muchas empresas navieras que quieren deshacerse de barcos viejos buscan encallar cerca de la costa y cobrar los seguros contratados, argumentando la deficiente señalización de tal canal o muelle. Las regiones costeras con más señales de estos tipos (lo que indica su dificultad de pilotaje) son La Paz (60 balizas, 55 boyas de canal); Guaymas (41 balizas); Tuxpan (60 balizas, en una barra de 12 km); Ciudad del Carmen (42 balizas); Cozumel (40 balizas y 24 boyas de canal); y Ensenada (38 balizas, 13 faros de situación, 2 radiofaros y una boya acústica), todo debido a que el litoral exterior bajacaliforniano es el que registra más amaneceres con niebla: unos veinticinco por año, mientras que el resto del país nunca más de quince.

Cada uno de los 148 faros –había 90 en 1976- que existen en las costas mexicanas (70 en el Golfo y el Caribe, 78 en el Pacífico) cuenta con un guardafaro, y algunos con uno o dos ayudantes. La mayoría poseen líneas de corriente alterna, aunque los más lejanos tienen plantas motogeneradoras con sistemas no-break (de suministro ininterrumpido). De todos ellos, 85 son faros “de situación”, 54 de “recalada” y 9 son “intermedios”. El último faro “de cuerda” –como el que Pedro Cruz operaba en Cabo Falso- está en servicio en las islas San Benito, 30 km al poniente de isla de Cedros. Próximamente entrará en vigor el primer faro de tele-control, operado desde una consola en la superintendencia de Mazatlán, que lanzará un rayo láser para conectar o desconectar el faro de la Roca Negra, fuera de la dársena del puerto.
Esta tendencia tecnológica hará que, poco a poco, “los guardafaros vayamos quedando como simples policías sin equipo”, dice Pedro Cruz, “porque luego los chamacos llegan a hacer mil destrozos y pillajes. Se llevan los acumuladores. Para eso sí era buena la Galleta… la mamá del Cúper, que no ladraba pero un día casi mata a uno de los vándalos. Yo creo que por eso me la envenenaron”.
Todas las mañanas Pedro Cruz sintoniza su aparato de radiocomunicación con la superintendencia de Acapulco, “a las siete de la mañana, cuando ya pasaron los fenómenos de propagación atmosféricos que se producen con el amanecer, la señal es muy buena. Nos informamos de las condiciones del tiempo y lo que hemos observado en el mar… casi nunca nada; pero hace dos años me tocó auxiliar a un barco atunero que se le paró la máquina y venía al garete desde Piedra Blanca. Ya tenían así ocho días, apenas y se podía ver una astillita blanca con los binoculares, desde la punta del faro. Lo reporté al sector naval de Acapulco, y esa misma tarde los remolcaron hasta aquí abajo, en la bahía. Casi todos eran de Manzanillo… Ellos fueron quienes me regalaron a la mamá del Cúper, la Galleta, que quién sabe por qué le nombraban así.
“Fue hasta abril de 1981 que nos dotaron el Cubic (aparato de radiocomunicación). Al principio no salía del cuarto donde está conectado, abajo del faro, y de nuestras frecuencias de 7-800 y 6-220; después me pasaba a otras, que tenemos prohibidas. No, si esos pescadores son unos pícaros habliches; no paran de hablar por el radio y nunca dicen nada, por temor a que les conozcan sus bancos de pesca. Me hice dos amigos por el Cubic.
La verdad, como usted me ve, aquí uno vive mejor que el señor De la Madrid. Sin preocupaciones. El guardafaros que aguanta, ése se queda. Aunque también hay cerebros que son muy débiles y no aguantan la soledad. Hubo uno que sí felpó en las islas Coronado, estaba solo, entonces todavía no teníamos aparatos de radio. Se le reventó una apendicitis, y como pudo hizo una fogata junto al faro, que es nuestra señal de auxilio. Lo rescataron ya moribundo. El que dicen que enloqueció fue el guardafaros de la Isla de Lobos. Uno que se llamaba José Bravo… parece que le comenzó a entrar muy duro a la copa. Es que aunque no parezca, se sufre mucho en los faros. Por eso buscan contratarnos a gente del lugar, que tengamos familia para ocuparnos de ella. En esas islas… la soledad es el problema. La soledad lo vuelve a uno filósofo, le entra uno a leer mucho, cualquier cosa, y eso es lo que pasó con el farero de Isla de Lobos. De tanto leer luego hablan con mucha propiedad, como eruditos, como el señor Carlos Monsiváis, y la gente no les entiende. Eso comenzaron a decir en la superintendencia de Guaymas cuando se comunicaban con el compañero Bravo; aunque la verdad, tenía desatendido el faro por lo del trago. Fueron por él y se lo llevaron al Seguro Social, para curarlo… Creo que ahora está en Puerto Peñasco. Se ha vuelto compositor de canciones.
Desde que me dieron el aparato de radio dejé un poco los libros. Tengo memorizadas la mitad de las poesías de Margarito Ledezma. Luego se las recito a los pescadores; algunos, que se han hecho mis amigos. Aunque luego dicen que uno…”
Pedro Cruz Martínez mira su reloj. El crepúsculo concluye y nos pide que lo acompañemos. Con la vara comienza a pastorear tres guajolotes y varias gallinas que logra conducir hasta un rústico granero, improvisado con pedazos de triplay y trozos de tela metálica. Después carga a los pollos más pequeños, que el Cúper mantiene acorralados contra una esquina de la caseta del faro. Con manifiesta ternura los lleva hasta el gallinero, donde los va depositando entre arrumacos. “Anda por ahí un tlacuache que me los come en las noches”, dice con fastidio, “y este Cúper ni lo huele ni lo espanta”.
Un minuto después, Pedro Cruz levanta la palanca del interruptor trifásico, y un brazo de luz salta entonces con movimiento circular, hasta 25 millas mar adentro, y otros brazos semejantes son disparados, ahora, desde Progreso, San Felipe, Tecolutla, Cabo Falso, Isla de Lobos, Chetumal, Ensenada, Coatzacoalcos; mientras el Cúper ladra gustoso porque sabe que la merienda llega cuando se abren esos ojos de la noche marinera.

Fuente: Martín del Campo, David (1987). Los mares de México. Crónicas de la tercera frontera. México: Era - UAM (Problemas de México). pp. 123-127.

Los ojos de la noche
Pedro Cruz Martínez se yergue en la hamaca tendida bajo un guamúchil, rasca su robusto vientre y grita sin demasiado esfuerzo: “¡Cúper!”. El perrillo deja entonces de olfatearnos los zapatos, agita el rabo color camello y vuelve con su amo, saltando con pícara maldad entre las mustias plantas de la hortaliza.
- ¡Cúper caracho! ¡Sálgase del huerto! –exclama entonces, ahora sí a punto de enfadarse.
El perro avanza con la cabeza gacha, trota culpablemente sin dejar de abanicar su rabo. El mes pasado murió la madre del Cúper, “una perra que no ladraba ni en defensa propia”, nos explica este moreno oaxaqueño de 51 años. “Yo creo que la envenenaron”.
El “huerto” de Pedro Cruz sin dos matas de chile, unas calabazas agujeradas por los gusanos y tres surcos donde varios tomates asoman como robustos globos a medio inflar. Está enfermo de un mal incurable y su empleo es –desde hace diecisiete años- ser guardafaros de Puerto Escondido.
A las 18 horas, aproximadamente, Pedro Cruz inicia su faena laboral: deja la hamaca de hilos de náilon, entra a la caseta del faro, localiza la caja del interruptor eléctrico, levanta la palanca hasta hacer contacto… y entonces una bombilla de mil watts arroja dos chorros de luz –haces enfocados por un par de lentes de Fresnel- que en casa segundo completan un círculo de 90 km de diámetro… Y como él un minuto antes, el guardafaros Aversio Zavala repitió la operación en el faro de Puerto Madero, y un minuto después Cuauhtémoc Martínez accionará un interruptor semejante en la isla Roqueta, frente a Acapulco, y dos minutos después don Juan Beltrán hará lo mismo en el faro de Crestón, de Mazatlán, y tres minutos después, en la minada playa de Tijuana, Javier Osorio pondrá a funcionar el rotor de otras lentes de Fresnel, junto a la alambrada que linda con la Alta California, mientras allí abajo los incansables indocumentados comienzan a internarse, cobijados por la noche, hacia el norte.
Muchos de los 389 guardafaros que hay en México han enfermado de lo mismo que Pedro Cruz, quien ahora espanta con una vara a los pollos que acaban de invadir su hortaliza. “Esto es más fácil cada día”, nos dice de vuelta en su hamaca que alguna vez fue roja.
“En 1954 las cosas estaban tan malcomo ahora, pero nos quejábamos menos porque no conocíamos la televisión, que hace tan asustadiza a la gente. En el campo me ganaba un peso como peón, no había otra manera de ganar dinero. Yo era amigo de Luis Cárdenas, que vigilaba el faro de Puerto Ángel, y fue él quien me invitó a esto. Nadie quería ser entonces guardafaros; la gente creía todavía que el surco nos aliviaría algún día del hambre. Así que yo, chamaco al fin, le entré a esto. Mi primer sueldo fueron 242 pesos al mes… ahora saco 36 mil 380 quincenales, más despensa y compensaciones; por eso no me quejo. Descansamos cinco días por cada veinte de servicio. Es al principio cuando el farero las pasa más duras. Estuve primero en el faro de la punta Sal Telmo, en Michoacán, como a seis horas de Tecomán en burro, porque entonces no había de otra. De allí me mandaron al Cabo Falso, en la península de Baja California. “¡No señor!” yo decía entonces: “¿qué, yo he matado para estar aquí preso?” Allí fue que me comencé a enfermar como dice mi mujer. Cada mes o cada dos meses llegaba un barquito desde Manzanillo a llevarnos víveres y repuestos. ¿Cabo Falso?, está en la mera punta de la península, donde ahora está San Lucas. Entonces no era nada: un acantilado, piedra, mar y un faro muy importante en el que creí que iba a morirme. A pesar de mi juventud, entonces tendría unos 22 años, me agarró una época de sueño, a todas horas y en todas partes. EL faro aquél era de petróleo gasificado, con un mecanismo de relojería que hacía girar los proyectores. Era una pesa ligada a un cable, como de reloj cú-cú, y cada tres o cuatro horas había que izarla de nuevo para que el haz de luz no cesara sus giros sobre el mar. Inventé un despertador para no dormirme: ponía una tablita equilibrada con una lata, y cuando Lapesa llegaba hasta ella tumbaba la lata y me despertaba, y allá iba. Después vinieron los faros de gas butano, de bombilla eléctrica como éste, y ya anuncian unos destelladores eléctricos más modernos. Estuve luego en Cabo Corrientes, en Salina Cruz y en Puerto Ángel… La verdad los faros son como los ojos de la noche; sin ellos un barco navega como ciego, encalla en los arrecifes a pesar de que esté el disco de la luna. Ésa es nuestra función: ser como los ojos del marinero en la noche. El guardafaros nuevo cambia mucho con el primer año de trabajo… si aguanta. Yo les digo que se lleven sus animalitos, perros, pollos, un perico, una cuerdita y anzuelos para pescar, un radio. Siempre un radio de pilas. La salud es buena porque no se hacen esfuerzos, pero se sufre. Se sufre mucho en lo que tarda uno en acomodarse a la nueva vida. La nueva ley es no abandonar por nada en el mundo su puesto en el faro, así le caigan dos rayos seguidos en una tormenta, luego ocurre. No se hace en realidad nada. La vida física del guardafaros es nada. No enferma por el poco esfuerzo que se hace. Nuestra enfermedad es otra, y después no tiene remedio. A mí ya no me preocupa. Aquí, uno de enferma de tristeza, señor”.

En 1796 se instaló el faro más antiguo del país; el del entonces islote de San Juan de Ulúa, en Veracruz, que por cierto, modernizado, está de nueva cuenta en operación. El faro más antiguo que funciona con su equipo original, es el de la barra de Tampico, en la boca del Río Pánuco; un faro inaugurado en 1881. Existen actualmente 940 señales luminosas en las costas del país: 148 faros, 521 balizas y 271 boyas. La gran mayoría de estos dos últimos tipos de señales operan con sistemas autónomos de fotoceldas, con cargador solar. El gasto eléctrico de estas señales es mínimo (bombillas de 3.5, 1.5 y 0.77 volts, según su ubicación) pero gracias al filtro rojo que cubre esas bombillas, la visibilidad promedio de boyas y balizas oscila entre las 5 y las 15 millas náuticas.
La Dirección de Señalamientos Marinos (de la SCT) vigila constantemente la eficacia de estas señales, ya que muchas empresas navieras que quieren deshacerse de barcos viejos buscan encallar cerca de la costa y cobrar los seguros contratados, argumentando la deficiente señalización de tal canal o muelle. Las regiones costeras con más señales de estos tipos (lo que indica su dificultad de pilotaje) son La Paz (60 balizas, 55 boyas de canal); Guaymas (41 balizas); Tuxpan (60 balizas, en una barra de 12 km); Ciudad del Carmen (42 balizas); Cozumel (40 balizas y 24 boyas de canal); y Ensenada (38 balizas, 13 faros de situación, 2 radiofaros y una boya acústica), todo debido a que el litoral exterior bajacaliforniano es el que registra más amaneceres con niebla: unos veinticinco por año, mientras que el resto del país nunca más de quince.

Cada uno de los 148 faros –había 90 en 1976- que existen en las costas mexicanas (70 en el Golfo y el Caribe, 78 en el Pacífico) cuenta con un guardafaro, y algunos con uno o dos ayudantes. La mayoría poseen líneas de corriente alterna, aunque los más lejanos tienen plantas motogeneradoras con sistemas no-break (de suministro ininterrumpido). De todos ellos, 85 son faros “de situación”, 54 de “recalada” y 9 son “intermedios”. El último faro “de cuerda” –como el que Pedro Cruz operaba en Cabo Falso- está en servicio en las islas San Benito, 30 km al poniente de isla de Cedros. Próximamente entrará en vigor el primer faro de tele-control, operado desde una consola en la superintendencia de Mazatlán, que lanzará un rayo láser para conectar o desconectar el faro de la Roca Negra, fuera de la dársena del puerto.
Esta tendencia tecnológica hará que, poco a poco, “los guardafaros vayamos quedando como simples policías sin equipo”, dice Pedro Cruz, “porque luego los chamacos llegan a hacer mil destrozos y pillajes. Se llevan los acumuladores. Para eso sí era buena la Galleta… la mamá del Cúper, que no ladraba pero un día casi mata a uno de los vándalos. Yo creo que por eso me la envenenaron”.
Todas las mañanas Pedro Cruz sintoniza su aparato de radiocomunicación con la superintendencia de Acapulco, “a las siete de la mañana, cuando ya pasaron los fenómenos de propagación atmosféricos que se producen con el amanecer, la señal es muy buena. Nos informamos de las condiciones del tiempo y lo que hemos observado en el mar… casi nunca nada; pero hace dos años me tocó auxiliar a un barco atunero que se le paró la máquina y venía al garete desde Piedra Blanca. Ya tenían así ocho días, apenas y se podía ver una astillita blanca con los binoculares, desde la punta del faro. Lo reporté al sector naval de Acapulco, y esa misma tarde los remolcaron hasta aquí abajo, en la bahía. Casi todos eran de Manzanillo… Ellos fueron quienes me regalaron a la mamá del Cúper, la Galleta, que quién sabe por qué le nombraban así.
“Fue hasta abril de 1981 que nos dotaron el Cubic (aparato de radiocomunicación). Al principio no salía del cuarto donde está conectado, abajo del faro, y de nuestras frecuencias de 7-800 y 6-220; después me pasaba a otras, que tenemos prohibidas. No, si esos pescadores son unos pícaros habliches; no paran de hablar por el radio y nunca dicen nada, por temor a que les conozcan sus bancos de pesca. Me hice dos amigos por el Cubic.
La verdad, como usted me ve, aquí uno vive mejor que el señor De la Madrid. Sin preocupaciones. El guardafaros que aguanta, ése se queda. Aunque también hay cerebros que son muy débiles y no aguantan la soledad. Hubo uno que sí felpó en las islas Coronado, estaba solo, entonces todavía no teníamos aparatos de radio. Se le reventó una apendicitis, y como pudo hizo una fogata junto al faro, que es nuestra señal de auxilio. Lo rescataron ya moribundo. El que dicen que enloqueció fue el guardafaros de la Isla de Lobos. Uno que se llamaba José Bravo… parece que le comenzó a entrar muy duro a la copa. Es que aunque no parezca, se sufre mucho en los faros. Por eso buscan contratarnos a gente del lugar, que tengamos familia para ocuparnos de ella. En esas islas… la soledad es el problema. La soledad lo vuelve a uno filósofo, le entra uno a leer mucho, cualquier cosa, y eso es lo que pasó con el farero de Isla de Lobos. De tanto leer luego hablan con mucha propiedad, como eruditos, como el señor Carlos Monsiváis, y la gente no les entiende. Eso comenzaron a decir en la superintendencia de Guaymas cuando se comunicaban con el compañero Bravo; aunque la verdad, tenía desatendido el faro por lo del trago. Fueron por él y se lo llevaron al Seguro Social, para curarlo… Creo que ahora está en Puerto Peñasco. Se ha vuelto compositor de canciones.
Desde que me dieron el aparato de radio dejé un poco los libros. Tengo memorizadas la mitad de las poesías de Margarito Ledezma. Luego se las recito a los pescadores; algunos, que se han hecho mis amigos. Aunque luego dicen que uno…”
Pedro Cruz Martínez mira su reloj. El crepúsculo concluye y nos pide que lo acompañemos. Con la vara comienza a pastorear tres guajolotes y varias gallinas que logra conducir hasta un rústico granero, improvisado con pedazos de triplay y trozos de tela metálica. Después carga a los pollos más pequeños, que el Cúper mantiene acorralados contra una esquina de la caseta del faro. Con manifiesta ternura los lleva hasta el gallinero, donde los va depositando entre arrumacos. “Anda por ahí un tlacuache que me los come en las noches”, dice con fastidio, “y este Cúper ni lo huele ni lo espanta”.
Un minuto después, Pedro Cruz levanta la palanca del interruptor trifásico, y un brazo de luz salta entonces con movimiento circular, hasta 25 millas mar adentro, y otros brazos semejantes son disparados, ahora, desde Progreso, San Felipe, Tecolutla, Cabo Falso, Isla de Lobos, Chetumal, Ensenada, Coatzacoalcos; mientras el Cúper ladra gustoso porque sabe que la merienda llega cuando se abren esos ojos de la noche marinera.

Fuente: Martín del Campo, David (1987). Los mares de México. Crónicas de la tercera frontera. México: Era - UAM (Problemas de México). pp. 123-127.
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